martes, 15 de septiembre de 2020

El rebaño

Por esa difusa y ambigua Ley de Vida que se habla comunmente, entendemos que se encaja mejor la muerte (natural) de los mayores que la de nuestros pequeños y jóvenes. Lo cierto es que no hay Ley ninguna, e históricamente era muy habitual que los hijos más pequeños se nos fueran de la mano de la Parca, lo mismo que las mujeres jóvenes en partos complicados, o los jóvenes en las guerras que manteníamos. Simplemente porque no hay ninguna Ley. Simplemente porque la Humanidad ha convivido toda su Historia con las más variadas calamidades y enfermedades, y por eso, con la Muerte misma. Todo ello contribuyó a crear una conciencia del sacrificio por los nuestros, de abnegación por tener una vida, que se halla muy lejos del egoísmo actual.

Eran las tristes vicisitudes que venían a asaltar las vidas de nuestros antepasados. Y no por ello perdieron sus ganas de vivir, sabiendo de sobra que el día menos pensado la propia Desdentada les sacaría a bailar la macabra danza que todos conoceremos, por mucho que la sociedad de nuestros días se empeñe en recrear una ficción de inmortalidad tan vana como pueril. Nos preguntamos cuál habría sido el comportamiento de nuestros contemporáneos en un entorno de continuas epidemias de Cólera, Tifus, con la Tuberculosis segando vidas, con bebés falleciendo por un mal aire (como se solía decir), y parturientas que no sobrevivían al alumbramiento, dejando a sus maridos con familias enteras, entonces más extensas; todo sazonado por la impotencia, por el temor ante lo desconocido, por saber sobradamente que no se era dueño del propio tiempo de vida, siendo ello una suerte de dadivosa propina que concedía el Destino a modo de galardón. No, no es tan lejano en el tiempo, y existen mudos pero elocuentes testimonios gráficos en forma de fotografías si, morbosamente, se deciden a esa truculenta búsqueda.

Sin embargo, nos hallamos en la esquina que pasa de la segunda a la tercera década del siglo XXI, y nos topamos con una pintoresca negación, que es otra de las reacciones que suscita la realidad de la muerte: El Hombre de las sociedades desarrolladas mantiene la actitud de que la muerte no le tocará, es más, se le encasillaría en una eterna adolescencia a tenor de su indumentaria y de sus conductas. Se pretende tener la apariencia de la juventud el mayor tiempo posible como si ese fuese el infalible conjuro para tener distante a esa muerte que se quiere evitar, inutilmente, a toda costa. Y cuando dicho sortilegio ya no tiene efecto porque la edad no perdona, las familias apartan a los viejos en residencias, hecho este que no tiene precedentes en la Historia, para que cuando se vayan de verdad, no se note tanto porque ya no estaban. Antes era tan raro que alguien llegase a la vejez, que eran tratados como tesoros de sabiduría y compartían hasta el último de sus días con los suyos. Ciertamente que antaño se vivía menos tiempo, pero tenemos para nosotros que esa vida era más genuina y auténtica que la vivida ahora, tan aséptica, tan juvenil, y tan acojonada que no es vida, sino otra cosa más parecido a vegetar y a consumir sin rechistar, que es justo lo que desean los que manejan el cotarro.

No esperamos que los que vieron irse por la posta a sus mayores, solos y abandonados, vayan a hacer nada porque sus hijos estén sufriendo. Esa podría ser la mejor definición del egoísmo social que se respira (a pesar de mascarillas) por doquier. Que no toquen nuestra vida, que no nos pongan en peligro, no nos compliquemos la existencia, que se joda el prójimo si apenas puede respirar, que le den a nuestros hijos si no permitimos que nazcan, que se fastidie el viejo si le eutanasian, que se vayan a la mierda nuestros Derechos Civiles; por el contrario, sigamos con el fútbol, con el último escarceo sexual del mamarracho de turno, con las mentiras de los medios de manipulación y, sobre todo, con ese abismo de ignorancia inoculado a conciencia por los Innombrables (judeomasones) que manejan el cotarro, que sin lugar a dudas, han creado un rebaño (que no sociedad) a la medida de sus tenebrosos proyectos.