martes, 10 de septiembre de 2019

Ley o Justicia


Decía el gran Quevedo (el mismo que escribió "Execración de los jud1os") que “donde hay poca Justicia es peligroso tener razón”, y nunca como ahora se está comprobando la certeza de esa magnífica frase. Es lo que tienen la verdad, la Justicia y la razón, que su baile permanece inalterable así que pasen los años y aun los siglos, tanto como el denuedo con que algunos tratamos de defenderlas.

Tanto es así, que ahora el que detenta el Poder puede complicarle la vida con cualquier titulillo si usted resulta molesto por mucha razón que tenga. Porque al hallarse desamparada la razón no habiendo apenas Justicia, hay multitud de leyes para disimular vergonzosamente esa clamorosa carencia, y se da la casualidad, estimado compatriota, de que le buscarán las coyunturas a cuento de cualquier ley, porque la mayoría está para eso, para complicarle la vida si da problemas. Máxime si usted es hombre y blanco, que con esas dos condiciones ya es sospechoso de todo para una buena (más bien “mala”) parte de la sociedad, de sus dirigentes y, por supuesto, de los que dirigen a los dirigentes tal que marionetas. Y además ya se encargan de recordárselo a través de películas, publicidad y demás brazos armados mediáticos de esta gran superdemocracia que padecemos.

Con escasa Justicia y por lo tanto ignorando el más elemental Derecho Natural, tenemos muchas, muchas leyes, que paridas por el atroz Positivismo Jurídico que sufrimos ya se las saltarán olímpicamente los de siempre a discreción, porque tienen dinero (nuestro) y medios para hacerlo. Un ilustrativo ejemplo: La ley, con razón, le dirá a usted que tiene una casa, pero en la práctica esa misma ley (sin razón) le impedirá defenderla, como tampoco su vida, si algún delincuente se encapricha de su vivienda, o de lo suyo que se le antoje. Los bomberos acostumbran a no pisarse la manguera entre ellos. Muchas leyes, (las que no tocan si no conviene y las que sí porque les resultan chachi), para que haya poca o nula Justicia aunque parezca una contradicción. No lo es porque, desgraciadamente, los legisladores de las superdemocracias dan la sensación de que se reparten entre los que desdeñan las leyes que protegen al ciudadano y asisten a la Justicia, y entre los que promulgan leyes opuestas a ese sentido innato de la Justicia que todos albergamos (o casi, los que no estamos afectados por el Síndrome McFly). La razón les da igual por mucho que les guste pronunciar la palabreja. Ignoramos si ello se debe a la influencia de mandiles, a la pasta gansa que ciertos próceres gastan para amenizarnos la vida o, sencillamente, porque no son seres humanos, sin que sean incompatibles entre sí esas opciones, ni que haya otras más terribles que por ello mismo nos resulten inimaginables.

Es lo que tienen las leyes. Que se supone que son propias de la Humanidad, mientras que la Justicia es cosa de Dios (lo sentimos por los ateos porque su Negación da la razón a los que creemos). Las leyes actuales están sometidas a la conveniencia y oportunidad de los políticos y de sus tenebrosos patrones, mientras que la Justicia es Eterna e invariable: Lo que está mal, está mal, hic et nunc y dentro de mil años también; como sabemos con certeza que dentro de mil años no estarán vigentes las leyes que nos hemos dado. O nos están dando. Por todos lados, oiga.

Así que nos reconocemos amantes del riesgo. Tanto puenting y demás charlotadas que la frivolidad ha puesto de moda, y resulta que lo más arriesgado, en este siglo XXI de nuestros pecados, es tener razón en ausencia de Justicia.

Y verán lo que nos traen. Adrenalina a raudales.