martes, 16 de julio de 2019

18 de julio de 1936

Hay ocasiones en que la Historia dobla extrañas esquinas. Las hojas del almanaque, en su interminable desfile, nos hacen un guiño inquietante mientras transitan del Pasado al Futuro con total indiferencia. “Tempus fugit”, decían los romanos. Las personas envejecen para morir bajo un firmamento aparentemente inalterable. Desdeñosamente impasible. Queda el recuerdo, las palabras grabadas a fuego en la memoria de los que sobrevivieron para contarlo entre el horror, el espanto y el dolor.

1936 fue año bisiesto. “Año bisiesto, año siniestro”, nunca mejor dicho por aquel año. Las izquierdas, envalentonadas por el liviano castigo que habían tenido los dirigentes de la revolución de octubre de 1934, se lanzaron con todo contra el gobierno de la II República. Su pretensión era ganar las elecciones de febrero “para que ya no hubiese más”. No está claro que venciesen en las urnas, con gobernadores civiles huidos y manifiestas irregularidades electorales: Hasta votaron difuntos en mal presagio. El resultado es que el Frente Popular se adueñó del Poder ante unas Derechas divididas. Comenzaba la trágica primavera del año del Señor de 1936.

Fue aquella especialmente lluviosa. Sobre Madrid descargaban furiosas tormentas como lúgubre presentimiento de lo que se avecinaba. Era habitual pasear y contemplar pequeñas peleas, riñas y disputas por motivos políticos, cuyo debate estaba en cada portal, en cada cruce, a cada paso. Amistades de años se fracturaban y las familias se dividían dramáticamente: La política del Frente Popular era sembrar la cizaña de la disensión. Si otras instituciones como la Iglesia y el Ejército ya habían sido “trituradas” a conciencia por Azaña y sus colaboradores (más bien cómplices), ahora el asalto final era contra la sociedad como concepto dinamitando las bases de la convivencia, tal como ya habían hecho los “ingenieros sociales” comunistas en la Unión Soviética y como volverían hacer impenitentemente sobre todos los países que tendrían la desgracia de caer bajo el Marxismo en las décadas posteriores: Esclavizar al Ser Humano desde su concepción hasta la tumba y despojarlo del menor asomo de libertad.

Los pistoleros de izquierdas se mofaban de las siglas de Falange Española (F.E.) renombrándolas como “Funeraria Española” por los asesinados que pertenecían a esa formación. Los partidos del Frente Popular, particularmente el PSOE, hablaban de “revolución proletaria” sin ambages y de “guerra civil” como herramienta para culminar ese propósito. De febrero a junio las huelgas revolucionarias (192) se sucedían, como los asesinados (334), sin olvidar la quema de edificios de culto (196), dándose la “curiosidad” de que los que figuraban en las listas de templos que había que proteger, elaboradas por las autoridades, eran precisamente los arrasados entre el jolgorio de los marxistas mientras que los que se habían quedado al margen de dicha relación lograban salvarse: El país entero se hallaba en parálisis. Oír misa, vestir corbata o llevar crucifijos podía ser excusa suficiente para ser abordado, agredido, robado o algo aún peor. Multitudes de jóvenes con uniformes paramilitares y el puño en alto, desfilan desafiantes gritando “Viva Rusia” y “Viva el Ejército Rojo”. En el Congreso de los Diputados, Casares Quiroga amenazaba abiertamente a Calvo Sotelo, respondiéndole este una frase para Historia: “Es preferible morir con gloria que vivir con vilipendio”.

Algunos militares liderados por Mola, conscientes de la deriva revolucionaria, planean pronunciarse, pero son conscientes de la fragmentación del Ejército, infiltrado por organizaciones políticas como la Unión Militar Republicana Antifascista (U.M.R.A.), sin olvidar los masones, siempre presentes, uno de ellos, el general López Ochoa, había sofocado la revolución en Asturias. No era extraño que miembros de las Fuerzas Armadas “instruyesen” a formaciones paramilitares vinculadas al Frente Popular. Estaban decididos a la revolución al precio que fuera, con o sin pretexto, por encima de cualquier consideración. En esto llegó el mes de julio…

España ha tenido citas cruciales con la Historia en este mes. Sin ser exhaustivos, en Guadalete (711), en Calatañazor (1002), en Alarcos (1195), en Las Navas de Tolosa (1212), sin olvidar Bailén (1808), entre otras. El calor, sumado a la humedad que las lluvias de meses anteriores habían dejado, creaba una atmósfera mortecina y agobiante. Se intentaba vivir con normalidad, pero casi todo era una aventura: Trabajar era arriesgado por los piquetes, viajar, dar un paseo, hacer la compra, cualquier tarea cotidiana podía convertirse en trágica si al paso salía un mal encuentro. Había miedo. Se aprendía la “Internacional” con ansiedad porque alguna banda de las que intimidaba chulescamente por la calle te paraba para que la cantases, y pobre del que no se la supiera o no la entonase con “entusiasmo” revolucionario. Tanto miedo que los niños la memorizaron por horror de los padres, que no tenían claro que se les respetase por su corta edad. El nuevo Hombre Comunista no podía tener piedad ni vacilación en acometer la revolución. Se trataba de “matar sin descanso, hasta que no quedase ninguno considerado no revolucionario para después construir el Socialismo Internacional”, como decía Dolores Ibárruri. Matar y matar.

La terrible espiral de venganzas se iniciaba por algún asesinato a manos de los pistoleros del Frente Popular, que se sabían impunes mientras que los derechistas eran detenidos en masa ilegalmente por las sospechas más peregrinas. Víctima de una venganza cayó el teniente Castillo, represaliado por su colaboración en la violencia frentepopulista y por ser un “instructor” de los grupos mencionados anteriormente. Este es el motivo que la Izquierda utiliza habitualmente para justificar el asesinato de José Calvo Sotelo, que ya había sido sentenciado semanas antes por alguna Tenida, a la que dio voz Casares Quiroga (masón, no lo olvidemos) en el parlamento y como se deduce de que todos los implicados estaban relacionados con logias y altos dirigentes socialistas como Enrique Puente, Margarita Nelken e Indalecio Prieto, por lo que se puede hablar de triple responsabilidad intelectual repartida entre masones, frentepopulistas y autoridades gubernamentales, siendo bastantes de ellos representantes de las tres.

Don José Calvo Sotelo fue una persona íntegra. Monárquico como lo somos los españoles, y como los españoles, muy a menudo abandonados por su rey. Ministro de Hacienda, bajo su dirección la economía española alcanzó cotas de prosperidad que serían añoradas por los que sufrieron las penurias de las décadas de 1930 y 1940. Patriota, decidió plantar cara a la revolución y lo pagó con su vida. Según parece, fueron a buscar a Gil Robles para matarle, pero tuvo la fortuna de no hallarse en su casa. Lo que está demostrado, comprobado y documentado es que Calvo Sotelo fue sacado de su domicilio en la madrugada del 12 al 13 de julio de 1936, suponiéndose detenido fue asesinado en la camioneta nº 17 de la Guardia de Asalto (nunca una denominación fue tan certera) y “depositado” su cadáver en el Cementerio del Este de Madrid.

Con este terrible suceso la guerra era imparable. Hasta el general Francisco Franco, (que pocos días antes había comunicado a Mola que no participaría en un golpe de estado con la esperanza de que el gobierno recondujese la situación), se percató de que se había cruzado un punto sin retorno: Si el gobierno del Frente Popular se había atrevido a matar al líder de la oposición, protegido además por la inmunidad parlamentaria, es que ningún español estaba ya a salvo del terror revolucionario. Informó inmediatamente al General Mola de que se adhería a la sublevación, con pleno conocimiento de que si fracasaban nada detendría al Frente Popular para transmutar a la Nación más antigua de Occidente, baluarte de su Civilización, en un satélite soviético clavado en la espalda de Europa.

La suerte estaba echada en los días de esa semana que iba del lunes, 13 al viernes 17 de julio de 1936. Prosiguieron los tiroteos, los registros, los arrestos sin garantías legales: No se podía esperar otra cosa de un gobierno que ni era legal, ni legítimo, porque ambas se habían quebrantado en innumerables ocasiones. La legalidad por la forma en que se “tomó” (sí, fue así) el Poder, no ya en esas elecciones de febrero, sino en abril de 1931, donde los republicanos no obtuvieron más sufragios (una mentira más) que los monárquicos y fue la cobardía de un rey la que dio la victoria a los primeros (muchos hemos perdido a nuestra madre y eso no justifica que desatendamos nuestras obligaciones, más si se ostenta la Corona). Y la legitimidad porque no pueden hablar de fidelidad al gobierno quienes intentaron derrocarlo cruentamente mediante una huelga general revolucionaria en octubre de 1934, por citar sendos ejemplos.

El Alzamiento se inició en Melilla, en la mañana del 17, viernes. La noticia llegó rápidamente a Madrid, donde el gobierno frentepopulista estaba al corriente de los preparativos, pero dejó hacer para usarlo como pretexto de la revolución que ya estaba proyectada. A lo largo de ese día, se extendió de Melilla a todas las guarniciones del Marruecos Español, salvo en Larache donde se presentó cierta resistencia y en el aeródromo de Sania Ramel (Tetuán) cuyo mando lo tenía un primo lejano de Franco y que es buena prueba de que su familia también se vió sacudida por el conflicto. En la madrugada del día siguiente, sábado 18, todo el Marruecos Español se había sumado al Alzamiento y éste pasaba a la península y a la Historia, unido a la fecha que da título a este artículo.

Las calles de Madrid eran un hervidero de rumores contradictorios. El gobierno sacó a los presos de las cárceles y les entregó armas con el resultado que era previsible. Los ajustes de cuentas y las venganzas disfrazadas de ejecuciones por traición fueron ya continuas. Fracasó la sublevación en gran parte de España, también en la capital, donde el exceso de prudencia del general Fanjul condenó a los alzados en el Cuartel de la Montaña que fueron masacrados por las turbas marxistas, a excepción del general y su hijo, que fueron fusilados en agosto. En Sevilla, la audacia del general Queipo de Llano logró establecer una sólida cabeza de puente en aquellos días y el coronel Moscardó se encerraba en el Alcázar de Toledo para resistir numantínamente como un nuevo Guzmán “el Bueno”. Más tarde, su ejemplo fue seguido, con peor resultado, por el valeroso capitán Cortés cercado junto a más de mil personas en el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza (cerca de Andújar, Jaén). Mientras en la retaguardia, las checas funcionaban a destajo y cualquiera podía ser “invitado” a dar un “paseo” porque al gobierno del Frente Popular le importaba más la revolución que ganar una guerra en la que tenía todo a su favor, como indicó Prieto en agosto, al disponer de todos los recursos del Estado y de las regiones más ricas del país. Un Estado que fue esquilmado (las reservas de oro del Banco de España, una de las mayores del mundo entonces, fueron “regaladas” a Stalin); los Montes de Piedad saqueados, infinidad de documentos de trascendencia histórica destruidos, tallas religiosas de incalculable valor desaparecidas o “fusiladas”, y por doquier, muerte y devastación. Esos, no otros, fueron los resultados por antonomasia de la República que tanto admiran algunos sin el menor conocimiento de lo que se vivió. Y es que el pecado de ignorar la Historia está castigado con repetirla, como los malos estudiantes, que se veían en el mismo curso al año siguiente. Menos “memoria” y más “recuerdo”…

“Por fin” dijeron muchos el 18 de julio de 1936. “Por fin” podían defenderse, “por fin” la “media España que no se resignaba a morir” (como dijo Gil Robles) se había puesto en pie para sacudirse el yugo socialista ante la agresión salvaje del títere estalinista que era el gobierno del Frente Popular. Por fin. Al fin.

Y es que el 18 de julio de 1936 debe ser recordado como la fecha en que muchos españoles elevaron al cielo, como una plegaria, pero también como un furioso grito: “Viva España, Una, Grande y Libre”…