martes, 18 de octubre de 2016

Cuando el sistema es el principal antisistema

Antaño había hechos que sólo podían pasar en España. "Spain is different" se espetaba, entre avergonzado pero con un punto de orgullo porque hasta lo que se hacía de manera discutible tenía ese vestigio de gloria o infierno que llevó a la Monarquía Hispánica a ser la primera potencia global durante largo tiempo.

Hogaño el disparate cunde por doquier y en todos lados cuecen habas. Acaso por ese motivo andan los orates de por aquí procurando rizar el rizo de la majadería, aunque ello les suponga un riesgo cierto de suicidio. No nos preocuparía si así fuera, lo malo es que sus intenciones autolíticas amenazan con arrastrarnos por la posta a los demás. Y en esas andamos, que parece que hay un bacilo de la estulticia haciendo estragos a troche y moche, a diestro y a siniestro, y este vacile ya no lo soporta cualquiera que aún conserve algo de raciocinio entre oreja y oreja.

No mencionaré el espectáculo de la política norteamericana (que ya tocaremos en su momento), obligada a elegir entre una asesina confesa con su oscura corte y un charcutero con suerte: No cambiará nada de nada porque los que mandan, mandan sobre ambos. Tampoco me referiré al descosido que es la Unión Europea hoy por hoy, porque cuando se crea un monstruito sin convicciones que le limiten, las cosas acaban como van camino de acabar. Ni siquiera citaré el éxito del amigo Kalergi anegando Europa de hordas hostiles a su Historia y a su Tradición mientras sus políticos jalean el desastre y nos llaman, a los que lo denunciamos, "fascistas" e "intolerantes", claro que esos epítetos, viniendo de quienes vienen, ya nos suenan a música celestial. No, no voy a abordar eso. 

Simplemente diré que cuando alguien se ve agredido, ya sea a la salida de un bar, o en una carretera, o en el patio de un colegio por poner tres ejemplos a vuelapluma; defenderse no es una opción, es una OBLIGACIÓN MORAL. Si el Estado promociona la impunidad con la inacción no sólo se está poniendo fuera de la ley que debería asegurar, es que se convierte en cómplice y pierde su legitimidad. 

Y cuando eso sucede es que ya no sirve a la sociedad que le sostiene ni al país que le da sentido: Es preciso crear otro sistema.