martes, 31 de mayo de 2016

Pi

Verdaderamente se puede afirmar que los medios de manipulación han perdido el sentido del ridículo. La manera en que intoxican y falsean la realidad es escandalosa para los mortales que ya no tenemos una venda en los ojos, pero ellos siguen a lo suyo y cumpliendo fielmente el mandato de sus patrones, que deben de andar muy nerviosos a tenor de la creciente contestación patriota de las distintas naciones de la vieja Europa. Ven con horror que se les puede acabar el chollo usurero y van a machamartillo con sus chicos, sin importarles lo mucho que ya canta el estomagante despliegue con que nos martirizan. Particularmente a uno le tenemos hasta en la sopa que aún nos permite, el que pueda, la voracidad fiscal de las distintas administraciones.

Imaginemos un petulante profesor universitario, de esta universidad secuestrada por el Marxismo, con un peculiar concepto de la indumentaria y de presentarse ante los demás. Le llamaremos “Pi”, no tanto por el número asociado a esa letra del alfabeto griego, sino porque el sonido fonético de ese monosílabo escogido expresa perfectamente la parvedad de su pensamiento. Pi es hijo de sus padres, como todo mortal obviamente, habiendo sido su progenitor miembro de una banda terrorista. Esto ya implica una declaración de intenciones en sí misma, porque no consta que el ex  miembro referido haya hecho contrición alguna de su pasado “militante”. Con todo y con eso, nuestro amigo completa una exitosa travesía académica por una universidad doctrinaria, sumándose, como se ha dicho antes, a su claustro docente sectario y marxista, como bien sabemos los que tenemos contacto con ese mundo, para que luego nos vengan con milongas sobre la libertad de cátedra y patatín y patatán.

Sin embargo a Pi eso no le parece suficiente. Le dolería España si no tuviese la alergia progre a ese concepto que vertebra toda una nación y que es la esencia de la Hispanidad, pero evidentemente, él considera que ese discurso es fascista como todos los que no suscriben las bobadas progres, así que, por ciencia infusa, acaso por la intervención del Gran Arquitecto del Universo, he aquí que Pi comienza a pasearse por los platós y los estudios de esas cadenas de televisión que deciden qué existe y qué no en función de las directrices de, posiblemente, algún aprendiz del Gran Arquitecto citado.  En algún momento de esa época le cae encima el maná de dos potencias extranjeras, una bolivariana y la otra perteneciente a una fe que le tiene mucho cariño a España. La primera es iluminada con su infinito e incesante caudal de conocimientos pagados a precio de oro, y la segunda le permite tener un programa propio en su canal en español. Vamos, lo normal, bien sabemos que a todos los españoles con una disposición, telegenia y/o titulación no ya superior a la de Pi, sino simplemente semejante, les sucede lo mismito. 

El renombre y fama que adquiere Pi es tan inconmensurable que funda un partido político desde el que, como si estuviera en un púlpito, da lecciones de ética y correcto proceder a los españoles y a los fascistas que se le pongan a tiro, porque estamos enterados de que los progres se hallan revestidos de un cuerpo glorioso que les sitúa por encima del bien o del mal. Los otros son unos corruptos, ellos nunca. De ese modo y al margen de las investigaciones que presuntamente le vinculan con la dictadura democrática bolivariana de Venezuela o con los ayatolás, los medios de manipulación caen rendidos a su pedantería y le sirven en bandeja espacios televisivos a discreción para que descubramos a Pi en diversos instantes de su vida cotidiana. Por ejemplo, es posible alcanzar la gracia de contemplar a Pi sintiendo la emoción de cambiar el rollo de papel higiénico, hecho complicado en el socialista país bolivariano; o Pi subiendo al autobús para mostrarnos lo guay que es; o Pi sometiendo a tortura a una guitarra, española por supuesto y por lo tanto fascista; o, dentro de lo musical, a Pi tarareando la “Internacional” que seguramente aprendió en el moderado domicilio familiar; o Pi contestando a un cuestionario que habrán estudiado él y los de su cuerda hasta la saciedad para seducir a un electorado que, si llega a averiguar la verdad verdadera de lo que acontece en su país y en el mundo, correría a pedir asilo político en la embajada de Alpha Centauri, si la hubiera.

Lo malo es que el peatón ignora todo lo que le va a afectar y aún el motivo por el que le están martilleando todo el santo día con el amigo Pi. Cuando llegue a saberlo será demasiado tarde.