martes, 3 de mayo de 2016

Liberté, Egalité, Fraternité...

Resulta curioso que las fechas que antaño eran reverenciadas por su significado para la nación, hogaño no sean más que un borrón rojo en el calendario que sirve de pretexto para coger el automóvil durante horas y desaparecer de una realidad que no gusta a nadie pero que nadie quiere cambiar. Será por aquello de "Virgencita, que me quede como estoy"...

Ayer conmemoramos que un puñado de españoles, abandonados por su monarca, por el alto clero, por las instituciones del Estado y por una oficialidad infiltrada hasta la arcada por la Masonería, decidieron que lo de la Liberté, Egalité, Fraternité  sirve de bien poco si quien te lo trae es un tirano mentiroso que te esclaviza. Es obvio que algunos preferían ser unos paletos lacayos de los franceses que pertenecer y servir a la Monarquía Hispánica, que aún existía a pesar de que las logias francesas, británicas y norteamericanas ya habían extendido el oportuno certificado de defunción con la colaboración de un rey tan inepto que tendría que haber sido causa de destierro para su linaje, como se puede deducir de lo que fue acaeciendo en los lustros siguientes. 

Así que, empezando por el rey Fernando, que alternaba sus festejos en Valençay con sus intentos de emparentar con los Bonaparte, hasta el último de los progres de la época, que gustaban de denominarse "afrancesados", todos tienen su parte de responsabilidad en el drama que fue el siglo XIX y la tragedia que desembocó en la Guerra Civil. Es lo que tiene la mendacidad más vil y mezquina, que el populacho la considera inconcebible y no la da por cierta, por espantosa, porque hay traiciones tan contumaces y reiteradas en el tiempo que incluso los neganoicos se quedan sin argumentos para bailarle el agua a los que detentan el Poder, que fue en sus aledaños donde se engendró el disparate que nos llevó a permitir lo que otros habían marcado como Destino para las Españas. 

Mientras Fernando VII redactaba las cartas en las que alentaba a Napoleón a extremar la dureza que empleaba contra los españoles que peleaban por devolverle la Corona que no merecía, el pueblo español, ese que se despreciaba en los elegantes salones, el que se pretendía engañar desde las Tenidas, el que se amenazaba desde los bandos que las autoridades dictaban cobardemente, se echaba al monte con lo que primero que pillaba y se batía como un hombre de honor, en palabras del propio Emperador. Es lo que ha pasado toda la Vida de Dios en España. Primero se nos miente, luego convivimos con la ficción del engaño, pero cuando este ya es insostenible e inaceptable por ser una afrenta, entonces tiemblan hasta las piedras. 

Algo de lo que deberían tomar buena nota los afrancesados de hoy, marxistas y embusteros de todos los pelajes, que lo malo de andar prometiendo imposibles para robar y aún matar cuando se llega al Poder es que Juan Español tira de trabuco si le tocan la familia y/o lo que ha ganado con el sudor de su frente. Y si no que se lean lo sucedido, relatado y explicado por rigurosos historiadores, no por los de su cuerda, que esos no cuentan más que falacias.

Claro que su entero discurso no es más que una falacia, como prueba cada una de las tumbas de los cien millones de muertos que ha causado.