martes, 19 de abril de 2016

La catarsis del espejo

Uno comprende que, a título personal, todo hijo de vecino se lleve las manos a la cabeza por los diversos episodios de corrupción que salpican, interesadamente o no, los noticieros. Lo mismo que se comparte la santa indignación y coraje que entra cuando se comprueba lo fácil que lo tienen algunos para trincar en una gestión lo que a un padre de familia le cuesta años de trabajo mal pagado. Peor en estos días en que los que mandan de verdad han reventado el mercado laboral con una población de sustitución más maleable y dócil, tal como ideó el infame conde Kalergi.

Por supuesto que es comprensible. Sin embargo, no debemos reparar en los árboles que se ven, sino en el conjunto del bosque. No vamos a enumerar la larga lista de servidores públicos que se han servido de lo público para engrosar su patrimonio personal a espaldas del conocimiento del público, es prolijo y nuestro Editorial pretende ser breve y ameno. Únicamente queremos esbozar la causa principal. Sinvergüenzas ha habido siempre, forma parte de la humana condición que se sientan tentaciones, lo que es una anomalía es que, en la actualidad, haya tantos que escapen al control de la sociedad... Simplemente porque se consideran por encima de ella y miran con desdén sus normas, leyes y convenciones. ¿Por qué no van a cometer fechorías? Ellos lo valen o el narcisismo hedonista más devastador desde la época final de Roma, que nos ha puesto a los pies de los nuevos bárbaros que anhelan exterminarnos.

Fíjese en su entorno. Nos quejamos de que muchos políticos y demasiados funcionarios se venden al mejor postor, tal que un felpudo en un zoco. Nos quejamos de que se sientan en consejos de administración cuando dan por finalizada su trayectoria de servicio público (hoy estamos particularmente socarrones), nos quejamos de los obsequios que reciben y de los privilegios que disfrutan por, eso dicen, representar la voluntad popular. Cinismo no les falta, como se puede deducir, pero, y lamento decirlo, ese cinismo se lo permitimos aquel, usted y yo, todos nosotros. 

Esta gente que nos escupe su podredumbre a diario, escándalo tras escándalo, es un reflejo de la sociedad que, efectivamente, representan para nuestro quebranto. Sobre todo porque esa sociedad a la que pertenecemos, aquel, usted y yo, todos nosotros, le ha puesto ahí sin plantear el menor inconveniente. El régimen que padecemos fue configurado por un grupo muy reducido de individuos e implantado por una camarilla lacayuna que no buscaba el bien de España, no, sino algo distinto que traería a los suyos grandes beneficios a costa de la miseria del resto. Y lo peor, es que ese resto está conforme con ello porque, seamos francos, todo hijo de vecino tiene inoculada la ponzoña que considera boba a la persona honrada y un modelo de proceder a quien no es más que un golfo. Hagan examen de conciencia, seguro que conocen a alguien, muy cercano, que se precia de prostituirse intelectualmente o corromperse. El veneno está extendido por todo el tejido social e infectará a nuestros hijos si no lo remediamos. Cada uno de nosotros sabe o conoce un asunto turbio del prójimo o, en el peor de los casos, de nosotros mismos. Es absolutamente necesaria una catarsis individual y colectiva, mas la segunda no se producirá sino empezamos por lo que tenemos más a mano: El que le mira a los ojos desde el espejo.

Es cierto que hay que comer todos los días. Lo malo es que algunos preferimos no vomitar al mirarnos en ese mismo espejo.