martes, 26 de abril de 2016

Borrachos, cobardes o héroes

Se avecinan nuevas elecciones, lo decimos como nuestros abuelos pronosticaban una tormenta o un fenómeno atmosférico adverso. Miraban el rostro que el cielo les ofrecía, bajaban la mirada y pronunciaban la frase con ese fatalismo sordo que sólo puede ser combatido desde la trinchera de la plegaria. Si el Cielo o el Infierno no lo remedian, se nos avecinan nuevas elecciones, y muchos las aguardan como una “fiesta de la democracia”, igual que los alcohólicos esperan encontrar el Paraíso en el fondo de cada botella y lo único que hallarán es una resaca monumental, otro paso más hacia el despeñadero en el que han mudado nuestras vidas.

Uno puede echar muchas monedas en la máquina tragaperras mientras contempla impasible la reiterada burla de las esquivas combinaciones que nunca arrojarán premio al incauto jugador. ¿Quieren votar? Pues el resultado vendrá a ser (otra vez) más o menos el mismo. La gente tiende a ver con abierta antipatía a los trileros que trucan la bolita debajo de un vaso opaco, sin embargo pasan por alto el grueso detalle que señala a los engañados como la causa principal de que haya engañadores, en un juego clamorosamente trucado en favor del golfo. Esto es España hoy, para baldón y vergüenza de los españoles, que preferimos optar por lo menos malo de lo que nos ofrecen antes que perseguir la excelencia, el valor y el coraje. 

Alguien tan poco sospechoso de suscitar nuestra inclinación como Churchill afirmaba que "el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio", y no le faltaba un ápice de razón. La Democracia, la de verdad, no es un lugar en el que uno pueda acomodarse indefinidamente, sino que es un camino en el que lo normal es la tendencia constante a la entropía social que busca descarrilarla. La garantía de su integridad procede de la madurez de la sociedad que la disfruta en franca libertad, por ese motivo hay tantos discretos grupos y oscuros personajes interesados en adulterar y castrar, desde unos impresentables medios de comunicación y/o desde la demolición de la Enseñanza, los mecanismos que mantengan la pureza de una Democracia sana para corromperla, manejando a su antojo una opinión pública sin cultura ni formación, y por ende, alienada y sin criterio. De ese modo, llegamos a la Demagogia, degeneración de la Democracia como bien argumentó Aristóteles, que es en esa degradación sobre la que nos han instalado las marionetas que votamos porque, y esta es nuestra fatalidad más que fatalismo, "esto es lo que hay". Pero si lo tenemos es porque elegimos ser cobardes en lugar de comportarnos como héroes. Ya se sabe que estos pueden morir una vez, mientras que aquellos morirán cada día. Es lo que tiene vivir con miedo.

Así que el juego está trucado. Todo el sistema está tarado. Lo trajo una camarilla de lacayos siguiendo directrices de cierta gentecita, y lo han sostenido engañando años, años y años. Lo malo es que le llega la resaca al borracho, la ruina al amigo de las tragaperras y el mosqueo al que ha perdido su dinero al trile. Sin contar nuestros muertos, todos los que han causado los que ahora están incrustados en ese sistema que han hecho suyo para pitorrearse de las víctimas, de los ciudadanos y del país al que están expoliando.

Sigan votando a los tahúres, sigan bebiendo, sigan tirando monedas, continúen persiguiendo con la mirada la trayectoria de una bolita inexistente… Porque va a resultar que hay otras cuestiones que no existen, por ejemplo arrestos para que recuperemos nuestra patria.