martes, 9 de febrero de 2016

De gilipollas

No sabemos el nombre que podría recibir ya que se trata de una muy pintoresca afección. Que es una desafección, completamente indisimulada y paleta, que sobrevalora lo foráneo hasta la arcada en detrimento de lo que es tan íntimamente nuestro como el idioma que hablamos. 

A los políticos que tenemos que soportar no les basta con dejar España hecha unos zorros. No contentos con ello se esmeran en pisotear una de las lenguas más habladas del mundo, con creciente influencia en dura competencia con el inglés y que, si no lo remedian los diosecillos que pretenden reducir la población mundial a ellos y unos pocos más, le terminará ganando la partida en los próximos cien años.

Sin embargo, los políticos de aquí quieren meternos el inglés a machamartillo. Cualquier profesor de idiomas decentemente preparado sabe sobradamente que es imposible aprender una lengua extranjera si no se domina perfectamente la materna, pero los politiquillos y sus asesores parece que no. O sí, pero están en otros proyectos, y a eso se dedican, porque los ineptos, hasta por simple cálculo de probabilidades, pueden hacer algo a derechas, pero cuando se gobierna desde la perversión eso es una entelequia. Así que lo que sucederá es que en Hispanoamérica hablarán un envidiable español mientras que en España será imposible entenderse porque se mascullará una barahúnda ininteligible: Es lo que se está inoculando a los niños y a los jóvenes con gran satisfacción de los que pretenden acabar con nuestras señas de identidad, que siempre han visto España y lo español como algo repulsivo.

De hecho, ese es el objetivo con el envenenamiento de las nuevas generaciones con dosis masivas de mentiras y de adoctrinamiento marxista. Ya ni se esconden, y únicamente el clamor y el escándalo son capaces de frenar, momentáneamente porque siempre se hacen las víctimas siendo los victimarios, la reiterada e insistente expresión de odio hacia España. Tiran la piedra y esconden la mano, porque la cobardía es una de sus cualidades, que ni siquiera tienen la gallardía de defender sus ideas. Lo que verdaderamente les pone es engañar a nuestros hijos y llevarnos a la checa. 

O aburrirnos con el inglés. No porque lo admiren, que tampoco, sino porque cualquier cosa les resulta preferible antes que el Legado cultural de su patria, un verdadero tesoro, que recibieron de sus antepasados. Si eso no es una afección, sí que es de gilipollas.