martes, 1 de diciembre de 2015

Casus belli

Antaño cualquier incidente, por baladí que resultase, se consideraba un casus belli. Un matrimonio de Estado que no llegaba a buen puerto, una princesa repudiada, o que se hiciese una matanza indiscriminada de cristianos, como bien sabían los que mantenían su Fe a toda costa en lo que fue la tolerante Al-Ándalus. Cosas menores todas ellas, que diría cualquier masoncito de los que proliferan por doquier habiendo subvenciones para extender la mentira, ya que los carroñeros siempre acuden a la podredumbre.

Incluso, hasta hace bien poco, se hacían solemnes declaraciones de guerra para que todos estuviesen advertidos de que si les caía encima otra cosa que no fuera lluvia, pedrisco o nieve, era porque se vivía en guerra, muestra de la etiqueta que se estilaba en otras épocas y de la que hoy se carece por completo, como se puede deducir a poco que se dé un paseo por la calle.

Existían retaguardias donde se lloraba a los combatientes caídos, se añoraba la vuelta de los supervivientes y se padecían calamidades, porque el esfuerzo bélico de las naciones se llevaba por delante artículos de primera necesidad, como se llevaba al frente la flor y la nata de una juventud que no retornaría de allí. Es lo que tiene contemplar el espanto y el horror: Que uno nunca vuelve a ser el mismo. Si alguna vez hubo una escuela de austeridad, esa fue sin duda la que vieron pasar nuestros padres y abuelos por sus carnes. Lo vital es preciso y se busca, lo demás es superfluo y no interesa. Y lo terrible se procura olvidar pese a que nos visite en las largas y frías madrugadas de invierno para recordarnos que, efectivamente, tampoco somos inocentes.

Hogaño, en este enloquecido mundo, se da la extraña circunstancia de que las Fuerzas Armadas de un país derriban un avión que está combatiendo a un enemigo que comparten. Mientras que en el caso de la nación a la que pertenecía el caza está clara la voluntad de combatirlo, en el otro (junto con sus aliados) no pasa de ser una declaración de intenciones para engañar a una opinión pública que comienza a hacerse preguntas inquietantes. Sobre todo porque aquella nación ha conseguido más éxitos en pocas semanas que otros en un año. Al tiempo que se siguen dando pequeños pero inexorables pasitos hacia un abismo que pretende engullir los viejos países de Europa porque una oscura y maldita élite así lo ha decidido. 

Hogaño los conflictos (fíjense como los medios de manipulación omiten perversamente el término "guerra") no se declaran, por lo que la tragedia sobreviene, de sopetón, con urgencia, para estupor de los que opinaban que eso nunca terminaría sucediendo. Cierto es que las escaladas (o "espirales de violencia" como se decía con cursilería en los años '60 del pasado siglo) significan una silente advertencia para una clamorosa minoría, pero los neganoicos son expertos en negar (de ahí este neologismo) lo que es evidente y notorio, y el común, que nunca quiere complicarse la vida y gusta de regalar el oído a lo que tranquiliza, les concede un crédito que no merecen. Créanlo: Si puede acaecer algo terrible, no duden de que acabará viniendo. Más aún si un hatajo de indeseables mejora su cuenta de resultados cabalgando a lomos de decenas de millones de ataúdes (o centenares de millones, porque ya no habrá más retaguardias).

Así que, diga lo que diga esa estúpida raza de los neganoicos, ténganlo por cierto: Si determinados elementos lo quieren, habrá una gran guerra. Y los indicios parecen confirmar que van tras ello.

El próximo martes, día ocho de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, Patrona de España y del Arma de Infantería, no habrá edición de Metaparte. El siguiente martes, día quince, Dios mediante, volveremos a atender la cita que tenemos con nuestros queridos lectores y seguidores.