martes, 13 de octubre de 2015

Las peras del olmo

Resulta que no deja de hacer gracia la manera en que algunos tuercen el lenguaje para adecuarlo a su hipocresía y cinismo. Cuando esos elementos sueltan sus paridas, hay que respetarlas a mayor gloria de la libertad de expresión. Si somos nosotros, hemos de ser acosados y escarmentados porque nuestras palabras y pensamientos son peligrosamente intolerantes. Ellos no ofenden, sino que manifiestan sus reflexiones; mientras que nosotros inducimos al odio. Y se quedan tan anchos con su indigencia moral porque no se les rebate, ni los medios lo permiten, dóciles que son, desde hace décadas. Saben sobradamente que esos argumentos no tienen ni media bofetada, así que no nos permiten desmontarlos.

Como saben que sale gratis arremeter e insultar a la Patria, a los símbolos de la Nación o a los cristianos, por citar tres sufridos ejemplos. Sus patochadas se convierten en certezas que tenemos que respetar cuando esta gentecita es incapaz de tolerar nuestras certezas, opiniones y argumentaciones. Y estos son los que hablan de libertad, amigos de ideologías que la conculcan sistemáticamente, ideologías que suman más de cien millones de muertos entre todas sus versiones. Claro, que estos difuntos no cuentan y somos unos reaccionarios. Esa palabra es muy complicada para ellos. Nos llamarían "fascistas", que últimamente todo lo que les desagrada es de eso, si un mosquito les pica, este es "fascista". Si les cala un chaparrón, es que las nubes eran "fascistas", y si es un gripazo lo que pillan, es que los virus desfilan en formación con el brazo en alto. Cosas de la ignorancia, que simplifica todo desde la simpleza de mentes simples. No hay que pedir peras al olmo ni raciocinio a los bobos que se congratulan de serlo.

Sin embargo, no serán tan estúpidos como para atreverse contra otros. Les consta lo mal que encajan sus gracietas sin gracia, que una cosa es fotografiarse con pañuelos palestinos y otra muy distinta señalar las fechorías de los chicos de Sión. Que no se muerde la mano que da de comer. Defecar sobre España es algo que suscita mucho jolgorio entre renegados y descerebrados que se jactan de serlo, que en estos tiempos de mediocridad prefieren consumir kultura y creerse sus necedades (a eso llaman "reflexionar"), que estudiar y pensar por sí mismos. Eso les convertiría en seres humanos, pero, gregarios como los borregos, ellos elegirán siempre seguir siendo gente. Diógenes se desesperaría en estos días de mierda envuelta en engaño.

Ayer estuvieron repitiendo sus sandeces de nuevo porque, precisamente, pueden proferirlas al haber una Nación, la más antigua de Europa, que se lo permite merced a determinadas unidades de las Fuerzas Armadas que todavía conservan algo de abnegado espíritu militar. Y eso a pesar de los sucesivos gobiernos (risas) que han pretendido y pretenden triturar las instituciones encargadas de velar por la defensa e integridad de nuestra Patria.

Ayer volvieron a afirmar que no hay nada que celebrar pasando por encima de la certeza histórica, comprobada hasta la saciedad. Como no hay peor ciego que el que no quiere ver, este rebaño seguirá instalado en sus consignas, que su escaso intelecto no da para más e intentar cultivar tierra sembrada de sal es tarea tan estéril como hablar con un muro o pedir, sea con insistencia, peras al olmo.