martes, 20 de octubre de 2015

La pesadilla de las desapariciones

Decía el gran Bécquer, en una de sus magníficas "Cartas desde mi celda", que parecíamos ir corriendo de tropel en tropel, sin aparente orden ni concierto, hoy un funeral, mañana una presentación literaria, al otro una reunión; hasta que un buen (o mal) día desaparecíamos de ese chapucero escenario que es la Realidad como por escotillón con una convencional esquela por epitafio y un apresurado responso para despedir al difunto. Sí, con algo de vergüenza, no sea que resucite y nos recite las verdades del barquero (¿Caronte?). Así parece deslizarse la Vida, como si nada, como si todo fuese un sueño, según el gran Calderón de la Barca, o, acaso más inquietante si cabe, el sueño en un sueño de Poe.

Desapareceremos y nuestra memoria no será ni el polvo que se acumula sobre nuestro mobiliario. A nadie le importarán nuestras cuitas dentro de cincuenta, ochenta o cien años. No seremos más que una reseña en los labios de nuestros descendientes, en el mejor de los ejemplos, como la desfigurada crónica que ahora contamos cuando nos referimos a los que nos precedieron, de los que apenas conocemos nada más que unas cuantas anécdotas y episodios... Nada más que una mezcla de sombras, murmullos y lamentos.

Sin embargo hay algo mucho más alarmante que ese "escotillón" al que aludía el genial escritor sevillano, y que no es la tradicional fosa que acoge indiferente nuestros desvelos, desdichas y promesas incumplidas. Las personas desaparecen, literalmente, con especial incidencia en algunos países de la América Española, sin dejar otro rastro más que el dolor en sus seres queridos y pasan a formar parte de esa interminable nómina de casos no resueltos por los FCSE de sus respectivas naciones. Puede que la mayoría se esfumen por voluntad propia, por la angustia de una vida que no es vida y opten por resetear su existencia en una decisión desesperada... En adultos, es una posibilidad. Lo malo es que son incontables las desapariciones de niños, a uno y a otro lado del Atlántico. Pero el número de desapariciones es crecientemente alto, en una sociedad donde la información, sobre todo la personal, es puesta en almoneda sin nuestro consentimiento y que, por ese motivo, no debería de ser difícil recuperar, aún en contra de su voluntad, a los desaparecidos. Entonces, ¿qué es de ellos?

Es posible que la contestación se encuentre en una pesadilla. Natural, si ese es el tejido real de la Vida, como que los sueños se desvanezcan al despertar.