martes, 14 de abril de 2015

El gobierno de los difuntos

Es una constante a lo largo de la Historia que determinadas tiranías o imperios precisen investirse de una autoridad que no tienen para gobernar. También es muy usual que los países prosperen cuando sus gobiernos no gobiernan, lo que dice mucho en favor de su sociedad civil y muy poco de sus cuadros dirigentes. Si no se ayuda, al menos que no se estorbe.

Sin duda que es una clase de megalomanía. Como la verdad es una, y generalmente se conoce muy bien, tenemos que sacar a pasear a los difuntos para rebatir aquella. En la Roma Imperial los pontífices máximos eran llamados "César" porque el que lograba enfundarse la púrpura no tenía ningún aval más que su sagacidad o crueldad. César fue asesinado a los pies de la estatua de Pompeyo víctima de una conspiración, desde entonces todos quisieron homenajear sus delirios de grandeza con el nombre del general que fue, como si cada edición de emperador, aunque incapaz y/o sanguinario, disipase toda la incertidumbre que despertar pudiese simplemente porque un fulano gobernase como César redivivo.

Lo mismo en la Edad Media, donde el recuerdo de una idealizada edad dorada impelía los ánimos para que el menor destello de legitimidad y justicia fuera agarrado como el clavo candente, preferible siempre al abismo. Así ganaba el Cid batallas después de muerto, que mejorando al Julio citado arriba, ya ni le hacia falta venir y ver, solamente llegar y que le viesen, para vencer. Y así un ejemplo tras otro a lo largo de los siglos...

Y llegamos a los hijos de la Ilustración, donde la diosa Razón lo explica todo y el Hombre es capaz de analizar y crear lo que se le antoje porque muchos opinan, según dictan las logias, que Dios no pasa de ser un mero gran arquitecto. Uno podría pensar que estos racionales siglos no han parido las guerras más terribles que ha padecido la Humanidad, que aceptando todos la idea del Progreso no se ha hecho otra cosas más que progresar adecuadamente, aunque sea a costa de cabalgar sobre los ataúdes de infinidad de inocentes. Tan racionales que somos ya, que se ha desterrado la presencia de la muerte y al finado se le consigna lo antes posible para que no moleste el decorado que tenemos a nuestro alrededor. Sí, definitivamente uno podría pensar que ese "gobierno de los ausentes", detentado por un elegido que es su íntimo interlocutor y representante entre los vivos (y muy vivo él mismo indudablemente) pertenece al pasado. Somos civilizados, elegantes y no creemos en nada, ¿por qué íbamos a creer en bobadas?

Pues precisamente porque cuando se niega a Dios es cuando se está más cerca de tragar con todo, como se puede comprobar a diario. Lo pueden llamar Bolívar (que andará dándose cabezazos con la tapa de su féretro si sabe cómo se usa su apellido), Lenin, Kirchner o el sursuncorda: Los difuntos son sabios y ya no quieren saber nada de las cosas del mundo. Mucho menos de gobiernos...