martes, 10 de marzo de 2015

Vae victis! ("Ay de los vencidos")

Cuentan que, perdido en las lejanas brumas de los acontecimientos que sacudieron la República Romana mucho antes de que se sospechase siquiera la grandeza de su Destino, un caudillo galo, de nombre Brno, derrotó a la legión del cónsul Quinto Sulpicio y se adueñó de casi toda la ciudad de Roma, salvo la colina Capitolina que fue defendida a sangre y a fuego. Las tropas del galo la sometieron a un largo asedio para forzar la capitulación romana a causa del hambre, y así fue, que tras meses de incertidumbre y de sitio, una legación solicitó negociar los términos de la rendición con Brno.

Brno les exigió mil libras de oro para ordenar a sus soldados volver grupas y levantar el cerco. Los romanos accedieron, tampoco disponían de mucho margen para maniobrar. Al entregar el preciado metal para ser pesado en la balanza de los galos, descubrieron con estupor que no alcanzaba lo estipulado cuando anteriormente se cercioraron de que el cálculo del valor era el convenido. Protestaron el engaño airadamente... Entonces, según se cuenta con ese halo de misterio que trae todo lo antiguo y remoto, se levantó de su asiento el jefe galo, miró con desprecio a los legados romanos, desenfundó su pesada y rica espada mientras los parlamentarios enemigos se temían un desenlace fatal, la arrojó al contrapeso de la báscula para obligarles a depositar más oro del pactado y así equilibrar el fiel, al tiempo que exclamaba orgulloso y desafiante: "Vae victis!"...

No hay gloria ni esperanza en la derrota, no esperen generosidad del vencedor, que siéndolo se enseñoreará de todo cuanto le merezca interés. Aún si cabe de la verdad. Si esta es la primera víctima de las contiendas, no es menos cierto que también es el último caído. La propaganda agit-prop de los aliados enmascaró, ocultó y/o directamente mintió sobre determinados sucesos, tan vergonzosos como deshonrosos. Si Patton se comportó como un caballero, Eisenhower fue un sanguinario carnicero sobre el que pesa la muerte de cerca de un millón de prisioneros de guerra alemanes, presuntamente protegidos por la vidriosa Convención de Ginebra. No se abrió la menor investigación, no hubo un proceso de Nüremberg para los individuos que ordenaron arrasar Dresde, Leipzig, Hamburgo, Hiroshima y Nagasaki, por citar unos ejemplos, sino que además este general norteamericano fue aupado a la presidencia de su país. Las mentiras repetidas una y otra vez no transmutarán en verdades, pero utilizadas sabiamente en un medio tan demoledor como el cine, tienen el mismo efecto sobre generaciones de indocumentados. Lo que más abunda en las guerras son los villanos, sean del bando que sean, que escogen la reiteración de la muerte para acabar impunes. Cerca de la carroña no hay más que gusaneras.

Si no se detienen ante vidas humanas, no deben albergar la menor esperanza de que lo hagan ante monumentos o testimonios tangibles que perpetúen la memoria de la Humanidad. Antes al contrario, existe un mal disimulado encono, un anhelo de destruir todo lo que pueda ennoblecer el pasado del Hombre, mayor cuanto más distante en el Tiempo. La barbarie no conoce límites y es tan pragmática que no hace ascos a ninguna bandera cuando se trata de llevar a efecto sus fechorías: Le vale cualquiera. Pero la barbarie, como tal, no es más que un concepto, y los conceptos, por sí mismos, no matan, no destruyen. Como el veneno que no actúa si no es ingerido, precisan de un agente que lo perpetre, normalmente un engañado o un lacayo bien pagado para acometer ese objetivo, que está muy relacionado: Si en un caso se atenta contra el mejor símbolo de la maternidad, del futuro de una nación como es la mujer; en el otro se ataca la Historia, lo que da significado a nuestro paso por este Valle de Lágrimas y el mejor Legado que pueden recibir los que nos seguirán en el Porvenir.

No esperen generosidad hacia los vencidos, sino la mayor saña, es una consecuencia de la hipócrita y sobrevalorada Ilustración. Los sionistas que pagan con largueza esta locura quieren crucificar a Cristo una vez más en cada uno de nosotros, como ya hicieron hace dos mil años. Les sobramos. A nosotros nos sobran ellos y sus mentiras.