martes, 17 de marzo de 2015

San Patricio y las serpientes

Cuenta una antigua leyenda, material mucho más fiable que algunos "documentos" históricos, que la verde y misteriosa isla de Irlanda no tiene serpientes silvestres porque el santo de este día, y que da título a este editorial, las proscribió de la ínsula merced a su fe. Innumerables personas nos sentimos unidas a Irlanda, bien porque nos fascina, bien porque se halla asociada al remoto pasado de nuestros linajes; y en algún caso como el que esto escribe, por ambas razones.

Deberíamos invocar a san Patricio, sin dudarlo, para que expulse de nuestras vidas a las serpientes con apariencia humana que nos mortifican, para que no nos salpique el veneno de su hipocresía, para que no nos confundan sus astutos engaños y fingimientos. La tarea que abordaría el buen patrón de Irlanda sería ingente, pero estoy seguro de que la acometería con entusiasmo y que no cejaría en su empeño hasta librarnos del letal abrazo de estos reptiles, que nos asfixian, y de su tóxica mordedura que emponzoña a todo aquel que alcanza.

De ese modo el santo nos señalaría sin el menor atisbo de duda cómo quedaría al descubierto toda la industria de la corrupción que existe porque el mismo sistema es corrupto de la cabeza a los pies, auspiciado por los grandes partidos y sus necesarios colaboradores separatistas que son los que han convertido España en un prostíbulo. Podríamos llamarlos como nos diese la gana sin necesidad de "presuntos" ni de otros circunloquios o eufemismos que engañen al común, que no está para sutilezas lingüisticas. Es lo que tiene luchar para sobrevivir, que no suele dejar tiempo para otras cosas.

De ese modo el santo nos señalaría sin el menor atisbo de duda cómo quedaría al descubierto la conspiración de las grandes corporaciones y bancos contra los intereses de los consumidores, o directamente contra la integridad física y psicológica de esos consumidores que pagamos sus insultantes sueldos y privilegios y sus oligopolios. Hay muchas maneras de empujar a la gente al infierno de la desesperación, e imponer importes abusivos para dejarles sin calefacción, sin luz, sin agua, sin modo de desplazarse e incluso sin hogar es una manera muy eficaz de lograrlo.

De ese modo el santo nos señalaría sin el menor atisbo de duda cómo quedarían al descubierto las tramas asesinas que han matado y seguirán matando, si les interesa, hasta poner a la nación más antigua de Europa de rodillas para destruirla. Sin embargo, los peores traidores no son ellos, sino los que les permiten continuar en esa senda, los que permiten que no se esclarezca el atentado más grande sufrido por España hasta el día de hoy, los que permiten que asesinos en serie sean puestos en la calle con unos pocos años de condena cuando acumuluban cientos o miles de años de prisión sobre sus conciencias. En muchas ocasiones el peor enemigo no es el que mata, sino el que premia al asesino de una forma u otra.

De ese modo el santo nos señalaría sin el menor atisbo de duda cómo quedarían al descubierto hipócritas que se manifiestan contra el genocidio antiespañol que es el aborto, mientras unos pocos recordamos como bajo su mandato, en Madrid, que pertenece a una región española más amplia y antigua ("Castilla", por si no lo recuerdan), no sólo se toleraba el aborto sino que además se fomentaba por el viejo sistema de pagar religiosamente las facturas a las clínicas que lo perpetran. Cuando de todos es sabido que el mayor moroso de España es la administración pública. La velocidad de pago indica el afán y el frenesí de algunos según la actividad o el servicio abonado. 

De ese modo el santo nos señalaría sin el menor atisbo de duda cómo quedarían al descubierto los mentirosos que hablan de la Justicia Social únicamente para medrar y auparse en su escalada hacia el Poder con el exclusivo aval, que no es poco, de haberse asomado reiteradamente a las tertulias de algunos programas de televisión y de utilizar taimadamente palabras que infunden esperanza a esa legión de españoles desesperados que han sido empobrecidos deliberadamente para que unos cuantos se crean dioses. ¡Cuán fácil resulta embaucar a quienes necesitan creer en un sistema corrompido! Ya se sabe que por sus obras, y no por sus palabras, les conoceréis.

Sólo un santo como Patricio se atrevería con todo ello, como ya lo hizo en un país dominado por las supersticiones, el oscurantismo y la rivalidad entre clanes. Me refiero a la Irlanda del siglo V...

¿A qué pensaban que hacía alusión?