martes, 24 de marzo de 2015

Las ranas y el rey

Las fábulas son pequeñas joyas literarias en cuyo seno anida un destello de la vieja sabiduría que acompaña al Hombre, desde que decidió perseguir los sueños antes que dejarse acosar por las pesadillas.

Una en particular cuenta que llevaban aburridas largos años las ranas, víctimas de su propio caos, hasta que se pusieron de acuerdo en mandar un embajador a Zeus, hecho insólito porque es bien sabido que es muy difícil que convengan algo dos ranas siquiera. Cómo en aquel tiempo la rana Gustavo todavía no era ni renacuajo, eligieron otra, presuntamente elocuente. Después de largos e intensos debates sobre la manera en que debía de croar su representante ante el dios, le enviaron con la misión de que le solicitase, con todo el respeto y la pompa debida, un rey al que obedecer y que acabase con la anarquía de estos anfibios, que ya eran el hazmerreír de otros parientes más serios como los sapos y las culebras y aún de los descarados insectos que les servían de comida.

Quedó Zeus estupefacto, que en la república de los animales la única petición similar era la que le cursaron los leones, y de eso hacía tiempo y no lo recordaba muy bien por aquello de que andaba trasegando buenos caldos con Dionisos justo en aquel momento. No teniendo memoria de antecedentes parecidos, y sí de las bromas y risas de los sapos y culebras a cuenta de las desordenadas e indisciplinadas ranas, concluyó que estas eran un poco lelas y que se contentarían con cualquier ocurrencia. Así pues, atendiendo solemnemente su petición, les envió un grueso leño a su charca, que las salpicó a todas sin excepción con gran estruendo, susto y jolgorio, en ese orden.

Pasado el entusiasmo y euforia inicial, todas se fueron presentando ante el estático soberano que Zeus les había mandado. Tras innumerables reverencias y besamanos frustrados porque el leño no las tenía, y debido al alarde de desdén que el rey dedicaba a sus súbditas por no moverse un ápice, comenzaron a sentir tan grande desprecio por el nuevo rey que brincaban sobre él, se le sentaban encima, y las más osadas hacían sus necesidades como escarnio, mofa y burla. Sintiéndose ofendidas por tener de monarca a un simple madero, enviaron de nuevo a su embajador a visitar a Zeus, con el objetivo de que les cambiara de rey, pues este no abría la boca porque ni siquiera la tenía.

Zeus, que andaba un poco resacoso y con jaqueca entre libaciones y mitológicas doncellas a las que preñar, decidió acabar el problema con un cruel escarmiento. De ese modo, les remitió una hambrienta serpiente que, una tras otra, las atrapó y devoró a todas sin compasión...

Y en esas estamos en España, y aún en toda la Cristiandad. Que no sabemos si tenemos a un leño pusilánime e inoperante gobernando, o por el contrario ya estamos en las fauces de algunos reptiles que no se caracterizan por su compasión precisamente. Lo que está claro es que todos son pésimos. Menos mal que Zeus no existe, así que no quedará otra alternativa que encomendarnos a la Divina Misericordia.

Nota: Durante la Semana Santa no habrá edición de "Metaparte", siendo la próxima la correspondiente al día 7 de abril, Dios mediante. "Metaparte" les desea una feliz Semana Santa.