martes, 3 de marzo de 2015

La democracia del miedo

A uno le hace mucha gracia ver como hablan de Democracia todos aquellos que sólo la ponderan si respalda sus turbios manejos. Así cualquiera es demócrata, no tiene mérito. Resulta bochornosa la forma en que el Poder (el de verdad, el que maneja los hilos de todo) orienta las opciones de voto hacia siglas receptivas al dirigismo impuesto por esa globalización mezquina, vía TTIP o desde la Unión Europea, tanto da. Es decir, que seguiremos siendo esquilmados para mantener con apariencia de vida el muerto de una Europa fundamentada sobre algo tan poco patriota como los intereses económicos, poco o nada homogéneos, ciertamente. Sin olvidar que las directivas y arbitrariedades de Bruselas no albergan ni una sola buena intención, reservándose la industria para ellos y convirtiendo el eje que recorre el sur de Europa en un lugar donde únicamente se pueda trabajar en la prostitución, con mi respeto hacia este oficio, mayor sin duda del que me merecen los del compás y la escuadra que nos dirigen, tan aficionados al trinqueo y tan fieles a ese Poder en las sombras que sirve a las Tinieblas, valga la reiteración.

Vamos, que estos estadistas tan sesudos (modo irónico “on”) son demócratas de cuando ganan los que les molan. Si no, a repetir elecciones y/o votaciones hasta que salga lo que les conviene manejando con largueza el miedo y aterrorizando a los comunes con derecho a voto para que escojan el mal menor... Quizás una forma de “terrorismo psicológico”. Así se puede considerar demócrata hasta Lenin. Pero así no se construye una nación. Así no se sirve a la patria.

Es poca soga para tanto peso, cuando nada se tiene ya nada se podrá expoliar y hasta ese miedo que fomentan acaba desapareciendo, ya se sabe que el valor crece a medida que se pierde todo. Me pregunto cuántas revueltas y motines soportará el nuevo gobierno griego, estrellado contra la realidad, y cuánto se hará, dentro y fuera de sus fronteras, para satanizar a quienes recogerán el testigo del descontento popular. Hay amaneceres en el porvenir que asustan más a los que más han sembrado pobreza y miseria. Las revoluciones, como las conspiraciones, como los tejemanejes para conseguir más poder, se sabe cómo y cuándo se inician, pero no la forma en que llegan a su fin; y uno, que recuerda cómo fue derribado el muro de Berlín cuando ningún profeta lo había pronosticado, tiene la sensación de que la mano que mece la cuna empieza a preocuparse porque el infantil lecho ya se va moviendo solito por toda la Cristiandad. El que escribe este Editorial, que es un romántico, se ha empeñado en desempolvar este término para usarlo a despecho de los modernos

Eso es aplicable al caso español. Los españoles somos muy peculiares, egoístas e individualistas porque no somos capaces de movilizarnos por el prójimo sino cuando se siente la dentellada en nuestras cosas. Porque cuando nos va muy mal apretamos los dientes para que no se note nuestro infortunio pero no nos ponemos a cambiar lo que nos disgusta hasta que no percibimos algún tipo de movimiento. El problema es que el boquete está ahí por mucho que algunos estén encantados con la realidad virtual que se afanan en mostrar los medios de manipulación, por mucho que se vayan a ver partidos de fútbol u otros cenen con algún sobrevalorado, por los progres obviamente, cantante urbano, apologeta de la delincuencia, que un día hace gala de su amor por tricolores y otro alardea de su profusa amistad con reyes populares, si me permiten esta contradicción, que la suya es admirada además. Da la impresión de que los españoles han estado votando contra sus intereses desde 1976. Era evidente que no podíamos costear un Estado como el que padecemos, ni aunque fuese el paradigma de la eficacia y la integridad, que es todo lo contrario, y hemos llegado al punto en que nos hundiremos con ello porque sólo exigimos su refundación unos cuantos, los que hemos perdido el miedo a inventos estalinistas con coleta y al colapso de un sistema, el de la Transición, que apesta a muerto. Cada vez somos más, es verdad, pero todavía pocos e inconexos al día de hoy.

Y es que aún hay quienes piensan que la Constitución de la Concordia funciona, que sé yo, por ejemplo, para preservar una unidad nacional que no se creen ni los más fanáticos seguidores de una Carta Magna que nunca estuvo totalmente, ni en toda España, vigente, como la libertad que se supone que nos traía. 

Va a resultar que sí, que lo auténticamente libre es el miedo.