martes, 17 de febrero de 2015

La España real

Hablar en estos agitados e inciertos días de "España real", como reza el título de nuestro Editorial de hoy, puede dar a entender que la vieja, admirada y temida Monarquía Católica goza de buena salud, pero sabemos positivamente, merced a los denodados esfuerzos del anterior monarca y de actual, que la Institución se halla en muerte clínica. España es tan distinta que los propios reyes y sus discutibles comportamientos son los principales fabricantes de republicanos. Seguidos muy de cerca por sus cortesanos, palmeros, estómagos agradecidos y demás cobistas profesionales que actúan como el cuñado pelmazo que cree hacerte un favor enumerando tus virtudes en público y en realidad lo que logra es el efecto contrario. 

Sin embargo no hablaremos de esa clase de "realeza", sino de realidades. A uno le causa una severa disonancia cognitiva que los medios de manipulación estén empeñados (por la publicidad institucional y todas esas fruslerías de cientos de millones) y embarcados en una cruzada mediática para que la Mátrix que padecemos diariamente no se vaya por el desagüe. Disonancia cognitiva por la incongruencia que supone escuchar sus juegos florales sobre lo bien que se recupera España (o el Estado, para que algunos no se ofendan por oír el nombre de su patria) cuando debemos hasta las pestañas; y el baño de realidad permanente que implica contemplar niños que pasan hambre, una sociedad presa del eurotimo, jóvenes que se exilian por ausencia de porvenir, negocios que revientan, locales en perpetua oferta de alquiler, autónomos desesperados con el doble trabajo de buscarse encargos o pedidos y luego lanzarse a la procelosa empresa de cobrar las facturas por su labor, o desempleados tan mal empleados que han llegado al límite de arrojar la toalla con la que enjugaban sus lágrimas. Aquí los únicos que van como un tiro son los enchufados, los sobreprotegidos bancos (dejen la falacia de que su rescate ha salvado a pequeños ahorradores porque estos ya estaban "rescatados" por ley), los directivos de los oligopolios energéticos, los chiringuitos que maman de los diversos boletines oficiales que nos sangran a impuestos y exacciones, y una clase política (sálvese el que pueda) corrompida y sin escrúpulos a la que el sufrimiento de sus compatriotas le importa mucho menos que los gestos de los que realmente mandan. Es lo que hacen servilmente los lacayos contentos con su condición. Una auténtica mafia.

Los voceros (incluso sin cobrar, hay voluntarios para todo) del sistema corrompido que disfrutamos, nos sueltan aquello de que fulano o mengano, de su entorno, ya no están desempleados. Y es posible que sea cierto. No obstante, y esto no lo dicen, es que se lanzan a emprender por hastío o es que aceptan condiciones laborales tercermundistas, propias de la Gran Bretaña decimonónica que retrató el magnífico Dickens, trabajando por un salario que es la mitad del que cobraban hace poco más de un lustro y sin rechistar porque se van a la calle. Esta es la España real. Sin otra corona más que la de espinas.