martes, 3 de febrero de 2015

De caídos y banderas

Uno, que ha visto más de lo que le hubiera gustado, conserva algo de la ingenuidad de su juventud y considera que los caídos siempre merecen un respeto. Todos los muertos en general, pero los caídos especialmente porque lo fueron sirviendo a sus ideas, a su patria, cumpliendo con su misión o porque inocentemente tuvieron la fatalidad de estar donde no debían. Cada uno de ellos sabe a que categoría pertenece. Pero todos deben ser objeto de la misma consideración, aunque procedan de trincheras opuestas. Si alguien ha amado tanto un concepto y/o un símbolo como para rendir su vida por ellos, lo mínimo que merece es que alguien se enorgullezca de ello sin sembrar nuevas rencillas. Las guerras acaban y acabadas deben dejarse.

Lo malo, y esto es semilla de nuevos conflictos, es que no todos reciben mismos honores. Lo malo es que unos son ignorados y los otros reciben mayor consideración de la que deberían. Lo malo es que se renueva la cizaña, como si de un vampiro se tratase, que siempre reclamará sangre nueva para permanecer insaciable. En toda guerra los bandos cometen carnicerías. Es lo que tiene la locura, el frenético instinto de supervivencia, que se mata a destajo por miedo a morir, lo que no deja de ser una paradoja metafísica, convertirse en guadaña para no ser mies segada. Al igual que la Muerte y la Vida, la Guerra iguala tanto como auténtico lecho de Procrustres, que a todos nos convierte en asesinos de una forma u otra. Y es que aparte del pecado original, hay otro: Vivir es matar, aunque sea el animal o el vegetal que que nos alimenta, y ello nos debería contemplar al caído con decoro. Y si es nuestro, con toda la honra de la que es acreedor. 

Pero contrariamente el ser humano es tan limitado que ni siquiera repara en eso e hipócritamente valora más la sangre de unos que las de otros. Y no es así. Tan lamentable y honorable es la muerte de militares en atentados terroristas como que un soldado español caiga a manos de efectivos del ejército de Israel, que incluso parece que fue culpa suya haber estado donde no debía. Como si se pudiese elegir. Aunque hay otros ejemplos en la Historia. La historiografía de los vencedores de la II guerra mundial se ha hartado de mostrarnos la crueldad de los bombardeos alemanes en la batalla de Inglaterra, pero silencia dolosa y torticeramente que los aliados destruyeron ciudades alemanas que no tenían interés militar, siendo particularmente clamoroso que se arrasase Nagasaki (la ciudad con más católicos de Japón) e Hiroshima cuando la conflagración estaba decidida; o que se violase sistemáticamente a las mujeres de los países "liberados", o que un general norteamericano que luego fue presidente de su país conculcase salvajemente las disposiciones de la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra. Tan caídos son los unos como los otros. No existe reconciliación veraz en tanto que se siga reparando en banderas. Y por supuesto no hay reconciliación de ninguna clase sino siembra de odios cuando se miente con prodigalidad y en alta y lata voz, que para eso y no para otra cosa se posee la pernada de los medios de manipulación, cuya mordaza quieren extender hasta el último rincón de Internet.

Pero es lo que tiene un gobierno que reniega de su nación, es lo que tiene una nación que reniega de su Historia y obvia todos sus símbolos como si estuviesen apestados cuando son ellos, los símbolos precisamente, los que vertebran la identidad de una nación y le confieren su dignidad para, por ejemplo, elegir unos gobernantes que sean patriotas de verdad y que miren por su pueblo para pedir explicaciones al sursuncorda si es necesario cuando uno de sus hijos es asesinado.

Así que por la memoria de los caídos, pero sobre todo por los que son nuestros, no dejaremos que caigan (otra vez) en el olvido de la nación que quizás no merecía su sacrificio.