martes, 20 de enero de 2015

Trampantojos

Confieso que este Editorial tiene cierta relación con el de la semana pasada. Si aquel se refería a un hecho concreto que me sugería el debate entre apariencia y realidad a cuento de una antigua (y magnífica) película; este es una reflexión más general. Sobre decorados, actores, argumentos y trampantojos variados. Que tienen recursos y medios sobrados para proyectarnos la escenificación que deseen. Otra cosa es que ustedes se lo crean, hagan que se lo crean y muy distinta , por supuesto, que nos callemos y no lo denunciemos. En esto pinchan en hueso.

Uno recuerda, porque ya tiene edad para ello y para dolerse de ello, los tiempos en que los modestos teatros itinerantes, con apenas cuatro actores con más vocación que talento, creaban la sensación en el espectador de ser ciento y la madre con la argucia de pasar sucesivas veces por detrás de los bastidores. Así tres comediantes vestidos de legionario simulaban ser varias centurias y Julio César cruzaba orgulloso el Rubicón de nuestra fantasía antes de caer apuñalado por un Bruto muy bruto, al que llamaba "hijo" en su último suspiro.

No hay nada como querer creerse lo que le cuentan a uno. Se pasaba por alto que monstruos prehistóricos movían sus articulaciones como toscos robots y que naves interestelares colgaban de finos y destellantes hilos delatando una gravedad cero que no era tal. Pero nos lo creíamos, es lo que tiene la adolescencia mezclada con la ilusión de que sí, que esta vez éramos nosotros los que íbamos a cambiar el mundo, como le ha sucedido a todas las generaciones en el albor de la Vida. Luego se percata cada uno, en esa soledad con sabor a desengaño y a lágrimas, de que no sería así: Un trampantojo que descubrimos con zozobra y humillación. Con eso abordamos la mitad restante de nuestros días, con la grandeza que da el pelear de espaldas al abismo que nos aguarda.

Y ya nada es igual. Nada puede serlo ya, como el toro que ha sido lidiado y no va contra la muleta sino contra el individuo que agita el capote de brega como si de una burla se tratase. Hemos reparado en el engaño y no vemos más que los tres gaznápiros disfrazados de legionarios correteando por delante y por detrás del decorado, a Godzilla como si fuera manejado por las manitas de nuestros hijos, y a maquetas de naves espaciales enredándose en los hilos que las sostienen porque en esta dimensión la velocidad de la luz no soporta amarres de ninguna clase. Son mentiras, más o menos amables, pero de la misma naturaleza que las que nos quieren enseñar en esas televisiones al servicio de los que mandan, los medios de desinformación que pretenden beneficiar a los intereses de sus tenebrosos señores que nunca saldrán en sus noticias. Y sus engolados actores, imbuidos de una dignidad que no tienen y disfrutando del sudor de nuestra frente, permitiéndose hablar de lo humano y de lo divino con una temeridad sospechosa de notoria mala fe. Así se lucen diciendo, como cantos de sirena, que "hemos vivido por encima de nuestras posibilidades", que la "libertad es incompatible con la seguridad", que "la economía mejora"; o, por ejemplo por tenerlo molestamente cerca, denominando como "conejos" a aquellos que han querido, porque así lo han decidido en su libertad, tener todos los hijos que han podido o deseado. Como uno se ha tornado muy escéptico y malpensado, llega a la conclusión de que, de un tiempo (lejano) a esta parte, sólo tienen venia para reproducirse cierta clase de gente. O de gentuza.

Y verdaderamente son como las setas (venenosas) tras la lluvia, proliferan por doquier. Cada vez hay mas personajes, miserables en su mayoría, en el escenario, cantando sus embustes con un despliegue apabullante de efectos especiales para respaldar su engaño. Para crear los trampantojos que darán brillo y viso de realidad al infinito repertorio de falacias, para que los espectadores sigan aceptando, manteniendo e incluso batiéndose por esa ficción que nos perjudica a todos, y que cuando se venga abajo, desencadenará un drama infinitamente peor que el parido por cualquier guionista o escritor.

Entonces comprobaremos que detrás de las bambalinas de esta tragicomedia que nos ofrecen no había más que maldad.