martes, 2 de diciembre de 2014

Barbarie y corrupción

Cuando una sociedad está en decadencia se pueden ver signos de su podredumbre por doquier. Así fue en la Roma imperial donde la inmadurez del panem et circenses anticipó su descomposición, así fue en Bizancio donde las reyertas entre azules y verdes se cobraban decenas de vidas a la salida del hipódromo donde competían sus participantes, sin olvidar el motín de Niká (532 a.D.), contándose por miles las víctimas. Como siempre esa maestra de la Vida que es la Historia nos muestra el futuro examinando minuciosamente el pasado.

Tenemos la procesión de políticos y dirigentes futbolísticos recorriendo los lugares comunes y habituales cuando acaece una tragedia así, pero ninguno señala que cuando dos quieren matarse (y buena expresión de ello es que presuntamente concertasen la reyerta) elegirán cualquier pretexto (mejor cuanto más absurdo) y momento para hacerlo. Por lo tanto debería irse más hacia el problema de fondo real que no es otro que educativo. Ya pueden venir sociólogos, psicólogos y demás logos que lo deseen para realizar su modesto brindis al sol, de que todo quede en nada y nada cambie, que lo señalaremos igualmente.

Ocurre que las sociedades fundamentan su devenir en una suerte de pacto no escrito que las alejan de convertirse en una jungla violenta. Son una serie de normas ancladas en el sentido común que aseguran nuestra tranquilidad bajo la premisa de que aseguramos excluir nuestro propio comportamiento arbitrario. Es lo elemental que aprenden los críos en el parvulario, algo como "yo no te toco si tú no me tocas". Es evidente que todo ser humano posee una serie de factores irracionales y agresivos, pero esa sociedad, a través de los referentes que establece durante el crecimiento, va regulando mediante la disciplina, personal y social, esos impulsos. Esos referentes se llamaban "maestros" y "padres", ahora son simplemente "profes" y "colegas" con un incomprensible complejo de culpa. Con esa imagen de autoridad es fácil percibir, como símbolo, que aquellos polvos están trayendo estos lodos.

No hay disciplina personal ni social sin autoridad. La indisciplina personal se puede contener con prisiones, pero la social... La social sólo es corregible a largo plazo desde una educación (lo que hacían los padres) clara, ecuánime, afectuosa y firme; y desde una enseñanza (lo que hacían los maestros) justa, equilibrada y que rescate el concepto, tan denostado hoy (así nos va) de "personas de provecho". Una nación con disciplina social afrontará cualquier reto, cualquier desafío, y lo superará con éxito. Si esta desaparece en medio de tumultos esperpénticos, causados por cualquier frivolidad, por exceso de sustancias psicotrópicas y/o por aburrimiento, no cabe duda de que el desastre va asomando por el horizonte. Es cuestión de tiempo y de ocasión que llegue.

Pero lo más paradójico, por último, es que viviendo la situación que padece España, este tipo de sucesos ocurran bajo los colores de este deporte. Las multitudinarias manifestaciones no son para reivindicar el derecho a la Vida, no, son para protestar por el descenso administrativo de algún club. No esperen muchedumbres enfurecidas pidiendo trabajo, o clamando para que nuestros hijos no engrosen esa sangría que les lleva al extranjero a buscarse la vida, tampoco; casi nadie cuando los usureros hacen uso torticero de unas FyCSE que pagamos todos para que se incauten de los domicilios de personas que han perdido su empleo y son condenadas cruelmente a una pavorosa muerte civil.

Ahí no verán a casi nadie. Y esas razones, entre otras, sí que harían comprensible un día de la ira... Pero no hay ira donde no hay otra cosa que barbarie y corrupción...