martes, 11 de noviembre de 2014

El suicidio

Es un mecanismo misterioso. Etólogos, zoólogos y biólogos aventuran hipótesis, con mayor o menor acierto, pero no han dado con la clave exacta que explique la razón por la cual, en algún momento determinado, un grupo de animales de una especie decide morir. “Dejarse morir” para ser preciso, ignorando su innato sentido de la supervivencia. Quedan varados en una playa o se precipitan a sus depredadores, tanto da, la cuestión es que han tomado la firme resolución de acabar con sus vidas. Si un samaritano, piadoso, les salva, se encontrará con la tenaz voluntad del animal que no renunciará a su propósito. Dicen que la constancia es una cualidad del raciocinio.

Claro que lo que puede ser en los animales, en el ser humano es la prueba de todo lo opuesto. De suprema necedad. En esta especie van faltando los samaritanos dispuestos a preservar vidas mientras abundan los miserables que incitan a sus semejantes a despedirse de este mundo, o convencen a mujeres para que no lleven a término sus embarazos. Es un hecho constatable, no nos acusen de conspiranoicos. El disparate que les lleva a esa actitud es lo de menos porque las consecuencias son devastadoras para la sociedad en general. El “pensamiento” (por llamarlo de alguna forma) nihilista se extiende como una mancha de aceite al tiempo que va dinamitando las instituciones (la familia, por ejemplo) sobre las que se cimenta esa sociedad. Como víctima de un tumor, se la puede considerar desahuciada si no se combate valientemente esa ponzoña.

Porque va calando poco a poco. Es complicado rebatir ese nihilismo relativista sustentado por sofismas y planteamientos llamativos, más aún si está respaldado por los medios de manipulación. Todo un pensamiento espectral, en el más amplio de sus sentidos. Es complicado… Si se prefiere la molicie de eludir el debate, porque cuando este se produce la nada tiene la mala costumbre de diluirse si recibe un par de contundentes mandobles argumentales. Pero hay gente para todo, incluso para dejarse matar con tal de no perder su comodidad. Ficticia y con fecha de caducidad, por otra parte.

La Historia, que es maestra de la Vida, nos muestra que las civilizaciones (ojo, las que merecen ese nombre) se hunden por deméritos propios. Roma no fue derrotada en el campo de batalla, sino que se descompuso desde dentro. Los bárbaros se limitaron a aprovechar la oportunidad. La España gótico-romana sí perdió una batalla (Guadalete o La Janda), pero ese puñado de musulmanes habría fracasado en su invasión (como sí lograron los francos en Poitiers), si se hubieran topado con una sociedad sana, estructurada y bien dirigida. Aprovecharon su oportunidad, con otra que estaba quebrada en todos los órdenes, socavada y traicionada por aquellos que deberían haberla defendido. ¿Les suena de algo?

¿Piensan que todo eso es muy distante, muy lejano? No es para tranquilizarse. Como hace 1.300 años, hay quienes han puesto en su punto de mira a la nación más antigua de la Cristiandad, uno es tozudo y por sentimentalismo se obstina en seguir usando esa denominación. Vemos como se descose y a nadie de los que mandan parece importarle demasiado. Repetimos escenario. Nada nuevo bajo el sol. 

Así que, como conclusión, se puede afirmar que las sociedades también se suicidan. Porque rechazan perpetuarse reduciendo su natalidad. Porque esta es imposible teniendo que soportar unas hipotecas de auténtico latrocinio. Porque se renuncia a conservar y a fomentar las señas de identidad que nos definen como pueblo. Porque se vacía y/o adultera el sustrato ideológico, legal e intelectual sobre el que se asienta su trayectoria histórica sustituyéndolo por mentiras y fabulaciones. Porque su indolencia se escuda en una “tolerancia” que no es recíproca. Porque su unidad nacional no es defendida desde la ley que, finalmente, resulta ser papel mojado, presa de un positivismo jurídico de conveniencia para un Poder político corrompido, encastado, depredador, inoperante, felón y prescindible.


Porque lo peor de esa cobardía es el miedo al futuro. Tanto que muchos desean estar muertos. Vale, pero que no nos arrastren a los que nos preciamos de ser supervivientes...