martes, 25 de noviembre de 2014

De premios y premiados

Partimos de la proposición de que consideramos los premios artísticos como un engaño. Un pretexto para favorecer a tal o a cual creador pero de modo que parezca un accidente, algo fortuito, aleatorio y objetivo. Y eso es completamente falso. Entendemos que la emoción y la presunta imparcialidad generan mucha expectación y publicidad, que es lo que busca el promotor de los premios; y que capta una serie de autores que concurren con su mejor o peor voluntad. Sin embargo, lo que invalida intelectualmente la concesión de los premios es que los jurados suelen estar sugeridos de antemano y que los autores no están en pie de igualdad entre ellos.

En primer lugar, el artista o creador no concibe su obra, bien por inspiración o bien por transpiración, como un producto que acude a un certamen. Si un autor pensase en el selecto grupo de señores que van a examinar su trabajo, estamos seguros de que le sobrevendría un gatillazo, aunque sea mujer, por aquello de que no hay nada que espante más a las musas como que vengan unos sujetos sin arte ni parte a juzgar o a sojuzgar lo que es un acto de amor. Amor al arte o amor a secas, que la creación como tal resiste y existe gracias al pretexto que le da la vida.

En segundo lugar, someter a valoración una creación o la trayectoria de un autor es un ejercicio de soberbia. ¿Por qué razón considera un jurado que su dictamen está por encima del Bien y del Mal, eso en el mejor de los casos? ¿No quedamos en que el Arte es libre y como tal no debe ser escrutado inquisitorialmente? ¿Su docto criterio está libre de prejuicios y/o sectarismos? ¿No desdeñarán una obra que pasará a la posteridad y galardonarán otra que nadie recordará a la vuelta de unos años? ¿Quién o quienes determinan el criterio de un mayor mérito? ¿Cuáles son sus premisas? Demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados comensales para un plato.

Y en tercer lugar, la dotación económica. Sería más respetable que Fulánez o Mengánez, respetables empresas o instituciones del sector (como si el Arte pudiera serlo) otorgasen el dinero directamente al creador o creador de sus desvelos, y facilitarían la labor de evitarse una decepción a muchos artistas que acuden a concurso con toda la ilusión de la que es capaz un iluso. En su consuelo les diremos que al final de cuentas, solamente se acuerda de quien ganó tal o cual edición del Premio X aquel que ha visto engordar su cuenta corriente, porque lo que es el común de los mortales seguirá rigiéndose por lo que le digan sus allegados y conocidos, por lo que sea sugerido por su olfato de lector y encuentre en el estante de una librería y, más ahora, con lo que le agrade navegando por Internet. No harán el menor caso más allá del bombardeo publicitario puntual de los medios haciendo de voceros del que ha obtenido dicho Premio X. Un padecimiento fugaz, sin horizonte más allá de unos días.

Por último, si ya nos sobran los premios y a modo de colofón y ejemplo, diremos que es tristemente sorprendente que el Premio Cervantes 2014 haya recaído sobre un autor que desprecia notoriamente lo español pero que escribe en español, lo que no deja de ser un oxímoron; y que sea el propio gobierno (es un decir) el que salude su consecución como si se tratase de un escritor más. Nos remitimos a las líneas de José Javier Esparza, que suscribimos por completo. Una vez más, y ya hemos perdido la cuenta, dejamos que una pandilla de ignorantes nos pongan de vuelta y media por sistema, y descontentos con no ponerles argumentalmente en su sitio, van los ignorantes que mandan (es otro decir) y le premian. Cervantes debe revolcarse en su sepulcro, si lo buscan en estos días podrán hallarlo por el escándalo que debe de andar haciendo el buen manco de Lepanto en su tumba. A este paso, el mentiroso de Bartolomé de las Casas será beatificado como patrón de la verdad. Que están en ello, por cierto.

Va a ser cierto que no cabe un tonto más en España. O lo que queda de ella.