martes, 14 de octubre de 2014

La España menguante

Hablamos de España, tras un doce de octubre que ha sido pasado deliberadamente de puntillas por los que mandan, no se sabe si por vergüenza o por seguir a lo suyo sin pretender llamar la atención. Hay dos modelos de España completamente antagónicos, tanto, que mientras uno lo es y está casi inédito porque se ha cedido sistemáticamente en todo a los separatistas (no se tranquilicen por la "no-celebración" de carnavales en noviembre porque perseverarán por otras vías); el otro no lo es en absoluto por ser otra “cosa”, informe, que amenaza crecientemente una libertad que nunca ha llegado a ser plena (decía Goethe que “nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”), a causa de un estado que prefiere condenarnos a la inmadurez cívica, tutelándonos, antes que ser mero instrumento que facilite la convivencia ciudadana. Y esos polvos traen estos lodos…

No vamos a ocultar, porque nos tenemos por políticamente incorrectos, que de la palabra "Transición" a "Traición" sólo hay dos letras que se pueden perder por el camino o colocar para despistar a incautos, que por estos lares son legión. A la muerte del generalísimo Franco se pretendió cristalizar en lo político una "Reconciliación Nacional" que ya existía desde hacía lustros en la sociedad. Esa era la intención, era buena, y las Cortes franquistas se sacrificaron para dar ese paso histórico. No esperen ahora nada semejante. Hay que reconocer que otros, por carecer de ese espíritu patriótico, no se harán a un lado por no perder sus prebendas. Mas ellos lo hicieron y no está de más recordarlo por los que lo vimos y lo vivimos y para ejemplo veraz de los que vienen sufriendo otras milongas similares al cuento del sacamantecas.

Y llegamos a la raíz del problema. En España, los cambios siempre han estado promovidos por camarillas, sin alentar un movimiento ciudadano que lo secundase siquiera. Al pueblo se le ha servido la mesa, paternalmente pero con suficiencia, porque no se le ha considerado capacitado más que como carne de cañón. Es duro y cierto. Los dirigentes sólo han acudido a su concurso cuando ha habido sed de sangre, intoxicando y manipulando, que en eso la Masonería, infiltrada hasta las heces ha sido magistral. En 1808, ni eso porque ya se habían plegado a los designios del ladrón de Europa y fueron los pueblos, las gentes, que aunándose en Juntas plantaron cara al infame Bonaparte, que aún hoy cuenta con muchos afectos. El siglo XIX estuvo jalonado de motines y pronunciamientos militares, pero eran aislados, los cambios gubernamentales se efectuaban entre la indiferencia del común. El español, entonces como ahora, se lamentaba pero se sentía impedido para cambiar nada. Las “llaves” de la gobernabilidad estaban en otras manos porque se consideraba que “eran” de otras manos. Cuando se hartaba salía a la calle, pero cuando terminaba la asonada volvía a su casa y la situación poco se había modificado. No ha habido sociedad civil porque tampoco le ha interesado al Poder, un Poder que, invariablemente, prefiere servirse de un estado que dirige y engorde cada vez más a costa de dedazos para convertirlo en un infecto pesebre de fidelidades cruzadas. Con un control ejercido desde la sociedad civil, eso es más complicado de llevar a cabo.

Sabiendo esto, volvamos con la Transición. Dirigida por unos pocos (y de dudosa calidad), se redactó una Constitución “posibilista”, muy ambigua, en la que todos se vieran reflejados y de la que nadie pudiera decir que no contemplaba sus expectativas, por disparatadas o felonas que fueran. Y eso fue un gran error, porque cuando no se quiere disgustar a nadie, con el tiempo, se irrita a todos porque pretender lo primero es una entelequia. Así se dio paso a un estado “autonómico” teóricamente intermedio entre el modelo unitario y el federal, pero que, en la práctica, ha rebasado centrífugamente a este. Ninguna región federada en el mundo disfruta de tantas competencias como una “comunidad autónoma” de España (ya es un decir), hasta el punto de que el estado central es un espectro. Eso no estaría mal, pero nos ha pasado como a las ranas de la fábula que pedían un rey. Descontentos con un madero, nos han enviado una cigüeña que nos está devorando. Con las nuevas tecnologías, con un estado accesible a todo ciudadano mediante Internet, presente hasta en la más pequeña habitación donde haya conexión a la Red, no es precisa una administración regional, con lo que cuesta su mantenimiento, salvo que se esté caminando en dirección a la separación de España. Si por costumbre además se da oxígeno y alimento a los separatistas, verán despejada la vía hacía sus objetivos.

Engañando y aleccionando en el aborrecimiento a todo lo español, en las autonomías se fragmenta la cohesión nacional, intacta hasta que a un tal Arana le dio por escribir sandeces porque una chica de Burgos no quiso nada con él. Como se quiso integrar a todos en la estructura constitucional, ahora se corre el riesgo de la desintegración. Paradójico pero veraz. Se hizo algo tan antinatural como contar, en el parlamento nacional, con personajes y planteamientos cuya razón de ser es la destrucción de la unidad de España. Como si ustedes introducen en su casa, amistosamente, a un individuo que sólo alberga deseos de matarle y robarle, por este orden u otro. Terminará haciéndolo. Así, con la cizaña favoreciendo partidos según su conveniencia y rifando sus apoyos al mejor postor para sus intereses (separatistas) hemos llegado a una situación descabellada: Por mor de un sistema electoral “incluyente”, nos gobiernan unos políticos corruptos avalados por unos pocos cientos de miles de votos, muy concentrados geográficamente. La perversión demagógica ha llegado al extremo de que los partidos de ámbito nacional se están “regionalizando”, mimetizándose con esos separatistas, creando unas familias políticas que respiran antipatriotismo por sus cuatro costados y que sólo se cuidan de la permanencia de su “chiringuito” acabando con un sistema de cajas de ahorros que había funcionado bien hasta la Ley de Cajas de 1985. Relativistas ellos, para acrecentar la descomposición social ahondarán la lobotomización de esta sociedad para que no proteste, emponzoñándola con lo “moderno” cuando ello no es más que la inmoralidad de toda la vida; crearán fronteras donde nunca las hubo y potenciarán, fruto de su complejo de inferioridad, una mítica lengua materna desdeñando la universal que es el castellano, y condenando, de ese modo, al paletismo y a la marginación a sus nuevas hornadas generacionales. No hay amor por España. Sociedades “autonómicas” más reducidas y más manejables, con otra lengua para que no entiendan el idioma de libertad que ha sido y será, siempre, el español. La unidad de España se queda en nominal, útil para recibir dinero, molesta e inexistente para solidarizarse con los españoles de otros sitios. En ese camino estamos, pero hay indicios para sentir esperanza…

Que hay que regenerar la Nación. Que ya está bien de meternos la mano en la cartera y ofender nuestra inteligencia. Que basta de componendas con movimientos antiespañoles que se nutren del miedo y de la sangre de nuestros muertos, porque los caídos por el terrorismo son los muertos de todos. Que estamos hartos de sus mentiras e imposturas. Que no nos digan como tenemos que vivir. Que no nos digan lo que debemos pensar o como debemos educar a nuestros hijos. Que no queremos que nos los infecten con sus tonterías. Que queremos la Verdad y la Libertad. 

Que la Una va de la mano de la Otra...