martes, 7 de octubre de 2014

El sinsentido autonómico

En este siglo XXI de nuestros pecados, en el que la Administración del Estado está a un click de distancia, aparte de tenernos vigilados hasta la saciedad, es completamente absurdo sostener a costa de nuestro sacrificio administraciones intermedias como la de las autonomías, salvo que se las considere el cortijo de la casta política para colocar a los suyos.

Uno de los adjetivos que más usan los tolerantes, (furibundos ellos, no podemos reproducir otros), es el de llamar "fundamentalistas" a aquellos, como nosotros, que niegan la necesidad de un estado autonómico. Es decir, según esta gente, somos "fundamentalistas" por defender la unidad de España, el Derecho a la Vida, la libertad y la Tradición católica de nuestra Nación, una lengua común para todos los españoles y la plena separación de poderes. Todo eso sin entrar en planteamientos más profundos, que no entran, seguramente porque eso de leer otra “reunión de letras” que no sean las producidas por los medios de manipulación en prensa, les debe resultar una gimnasia fatigosa por las agujetas mentales que les pueden causar. Sus enconados ataques llenos de faltas de ortografía ("horticultura" que dirían Les Luthiers) no ocultan que sus identidades históricas son fabuladas o exageradas y, por supuesto, posteriores en el tiempo a la definida y clara unidad nacional que fue la Hispania goda. 



Queremos, desde el principio, exponer la certeza de un sistema que es caro, ineficiente, insolidario, destructivo de lo nacional y que no responde a las expectativas del ciudadano: El autonómico. Este modelo territorial pretendía ser un cauce intermedio entre el federal y el unitario para, ingenuamente, satisfacer y colmar las exigencias de personas que reniegan de ser españoles. La Transición abarcó varios años, por lo que no se puede inferir que tuviese espíritu navideño, pero a tenor de los basamentos intelectuales de sus promotores, que suponían una lealtad y un límite (que nunca han tenido) a los separatistas, da la impresión de que aquellos actuaban con una mala fe monumental o eran unos incautos. Incluso ambas. Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones, pero con los males generados por este tema y otros daños colaterales seguro que ha quedado completamente pavimentado. Así se creó una administración adicional, intermedia entre la nacional y la municipal, con una voracidad fiscal y de recursos gigantesca, con un ejército de funcionarios propios mejor remunerados incluso que los adscritos a los anteriores tentáculos citados. Si un señor de Gerona se quejaba de tener que visitar Madrid para resolver algunos asuntos, ahora calla, por temor, el hecho de que tiene que ir a Barcelona, con mayor frecuencia que antes a Madrid, y de que sólo le atiendan en catalán. Un centralismo periférico que con las nuevas tecnologías no tiene sentido, según decíamos en la introducción, como una administración intermedia con su inacabable cohorte de funcionarios. Más endeudamiento, más control para exacerbar su ánimo confiscatorio e intervencionismo absurdo.

Al españolito le meten la mano en la cartera para sacarle dinero tres administraciones, (vamos a exceptuar la criptocracia de Bruselas, que también se lleva lo suyo), tres, cada una de un posible padre distinto pero con algo en común: Las sostiene el mismo trabajador, el mismo padre de familia, el mismo autónomo, en definitiva, los mismos contribuyentes de siempre, que por cierto no recibirán ayuda ninguna cuando, por esas cosas de la vida, se topen con problemas. Porque aquí son así de chulos ellos y se auxilia al de fuera, mejor si es hostil hacia nuestras costumbres y cultura, que al nacional, que eso es Fascista según los voceros a sueldo. ¿Realmente piensa alguien que el español medio puede soportar indefinidamente el esfuerzo económico de mantener tres (cuatro, en realidad) administraciones públicas? El contribuyente, el español que convive de mala manera con su hipoteca, su préstamo del coche, las tarjetas de crédito estiradas al máximo, los libros del cole de los niños, sus ropas, calzado y manutención, todo eso con un sueldo sumido en la depresión y menguando, está pagando el sostenimiento corriente de tres administraciones sin contar con el rescate financiero, una deuda desbocada y exorbitante que han acumulado estas corporaciones regionales y locales y que nos terminará cayendo encima.

A tal fin diseñaron una ley electoral basándose en la Ley d'Hont, apropiada para países como Holanda o Austria, con escasas o nulas fuerzas separatistas. Sin embargo, España no es pequeña (al menos no geográficamente), han destruido su cohesión y, mientras, la centrifugación separatista aumenta sus exigencias felonas al amparo de unos políticos “españoles” que prefieren entenderse con Pedro Botero antes que ser leales a la Nación que les elige. De este modo se aseguraron de que las minorías concentradas geográficamente, es decir, separatistas, estuvieran en el parlamento nacional realizando su vil oficio de desintegrar la Nación. La única: España.

Y ahondaron la sima con la desmembración de Castilla para que el proceso fuera irreversible y no se pudiese aglutinar en torno a ella un nuevo proyecto nacional. Los separatistas se atribuyeron derecho exclusivo para gobernar en “sus” regiones. Cualquier argumento contra ellos es una “agresión” hacia la “sensibilidad nacional” en una ridícula e interesada confusión entre la región y las siglas de su traición. De forma imperativa, coercitiva y excluyente, impusieron unas lenguas que ni siquiera eran homogéneas en su ámbito geográfico e iniciaron la persecución de todo lo que fuera  u oliese a "español", símbolos, pensamiento, lengua y sentimiento sin que esto se haya detenido, en una espiral de impredecibles consecuencias.

En una unión federada (como los EE.UU.) o confederada (Suiza) se presume que todos los estados miembros desean formar parte del devenir de una nación porque sienten que pertenecen a esa nación y que su esencia está preservada en ese vínculo (al menos hasta ahora, el porvenir nadie lo conoce). Aquí no se asiste a eso. Los politicastros regionales ansían más cotas de autogobierno para manejar su “cortijo” a su antojo. Esquilmarán todo lo que puedan de la administración central para fortalecerse con la anuencia del gobernante (risas) de turno, y lanzar el órdago cuando crean estar al alcance de sus propósitos. Los arquitectos territoriales de la Transición cometieron un disparate, primero, articulando un sistema autonómico demasiado permisivo y ambiguo; y luego dándole las llaves del gobierno regional a los separatistas deliberadamente para ver si así se callaban. Se ha visto, treinta años después, el fracaso y ahora España es una doncella desvalida (que lo dice hasta Sánchez Dragó), una sombra amenazada por pesadillas que hablan lenguas tan españolas como el gallego, el vasco o el catalán, que han convivido siempre con el castellano sin problemas, sin contar las que inventarse puedan en el futuro.

Antaño, cuando las distancias entre la capital y las localidades más remotas eran grandes, de días o semanas, los caminos pesados y peligrosos, los medios de comunicación no existían o estaban esbozándose, se podía comprender que un vasto territorio, patrimonio de un país, pudiera organizarse de una forma u otra para administrarlo mejor. Se trataba de que el imperio de la ley y la fiscalidad pudieran alcanzar todos los rincones. O en día, con Internet, que es capaz de llegar a la última esquina de la Tierra, creemos que lo que sobran son administraciones corruptas, superfluas y costosas. Además gestionadas por partidos separatistas que no sienten amor por su auténtica Patria.

Ahora bien, lo paradójico es que los separatistas, que quieren independizarse de España tanto como la odian; que monopolizan y sentencian en exclusiva sobre lo que le conviene o no a su región favorita (porque los hay que no son nacidos en el terruño de sus amores) y a su población, tanto que la han convertido en su "predio" con escandalosa, generalizada y rampante corrupción, decimos que ninguno de ellos se plantea la posibilidad (ni lejanamente) de, en consecuencia lógica, abandonar la unión europea por esa misma regla de tres en la que España es el elemento denostado. ¡Amigo!, olvidábamos que son de la misma pasta que la burocracia tenebrosa de Bruselas…

Los mismos que han saqueado todo lo que han pillado, desde Cajas de Ahorros con tarjetas de crédito vergonzantes hasta cursos pasando por encima de cualquier otro asunto que les pudiera reportar su derecho de pernada.

Porque el problema es que se les ha permitido. Y lo peor... Que no se ven síntomas de que el españolito, ese sufrido pagador de todo, vaya a ajustarles las cuentas.