martes, 3 de junio de 2014

Algo huele a podrido al sur de Dinamarca

Fue el eterno Hamlet, siempre instalado en la duda, que puede ser la mayor de las certezas, el personaje que dijo esa frase, que hoy corona este modesto y breve editorial. Seguramente el genial Shakespeare no fue consciente de que esa frase, como otras que fueron alumbradas por su pluma, tendría una repercusión, premonitoria, que saltaría sobre épocas y siglos. "Algo huele a podrido en el sur de Dinamarca", y lo peor es que suele ser cierto porque casi todo se halla al sur de ese país del norte de Europa.

Durante unos días, a finales de mayo, se reunieron en Copenhague (que también está en la parte meridional de Dinamarca) los altruistas próceres del Grupo Bilderberg. Como buena sociedad discreta, no sabemos lo que trataron, pero está claro, (y el que no quiera verlo es que tiene un problema), que no se desplazaron para hacer unas risas y charlar sobre golf. Estos individuos no dan puntada sin hilo.

Tampoco sabemos que relación tendrá esa reunión, finalizada hace pocos días, con la precipitada abdicación del actual monarca español. Nos llamarán "conspiranoicos" pero cuando se niega la opción, se vuelve a negar e incluso algún representante de instituciones del estado español afirma que no sabía nada de nada, es porque nada había hasta este fin de semana. Por no haber, ni siquiera estaba elaborada la Ley Orgánica que reglamente tal contingencia. Blanco y en botella...

Seguro que también es casual la reciente epidemia de abdicaciones que se han venido sucediendo en los reinos europeos (diríamos "de la Cristiandad", pero hace tiempo que el devenir de ellos viene marcado por otras creencias más tenebrosas), salvo a su británica majestad, que cada cual busque el motivo. Han llegado a salpicar incluso a la cabeza de la Iglesia, aunque intuimos que en, este caso, la renuncia vino obligada mientras que en los monarcas que se retiran se vislumbra cierto aroma a entusiasta obediencia. ¿A quién o a quienes?


La respuesta no la conocemos. Simplemente reunimos una serie de evidencias, de hechos, e intentamos relacionarlos. Como el incontrovertible de que una gran crisis global termina en una gran guerra global que "arranca" de su sistema ("su" porque lo consideran suyo) a unos cuantos centenares de millones (¿miles de millones en la próxima?) de desgraciados que pagan con su vida la iniquidad y la codicia de unos pocos. Muy maltusianos ellos, comentan sin tapujos los problemas de una presunta sobrepoblación mundial y lo mucho que sobramos algunos, como les sobran los nasciturus, los ancianos y los enfermos, a los que no consideran más que como gasto. Ellos están por encima de esas valoraciones porque su mayoritaria senectud no les hace constar entre los que sobran, cuando son más "excedentarios" que nadie: No por su ancianidad sino por su maldad, por todas las políticas eugenésicas que inspiran y/o imponen, por el infortunio que llevan a tantos hogares por medio de las distintas herramientas que tiene esa errada Globalización para dividirnos, lo que no deja de ser irónico. Dios les ajustará las cuentas.

Sin embargo, los conspiranoicos somos nosotros, todos los que arañamos la superficie de lo que pasa para saber quienes mueven los hilos de las marionetas que escenifican los cuentos que nos cuentan. Únicamente apuntamos estos indicios. Quien detenta el Poder es un mentiroso compulsivo, esa certidumbre forma parte de lo que se habla en la calle, y a pesar de ello, se nos sigue calificando como conspiranoicos y la población se sigue comportando como si nada estuviese pasando, hipnotizada e idiotizada por los medios de manipulación y por los circos a la carta que sirven.

Habrá que ver qué ocurre cuando la realidad les despierte a golpes.