miércoles, 28 de mayo de 2014

Una sociedad castrada

La épica que necesitan las sociedades para crecer y desarrollarse interiormente ha quedado reducida a la confrontación deportiva. No hay más que contemplar la euforia, el entusiasmo desatado con que se celebran las victorias de los que se consideran "propios", y el quebranto que causan los reveses. Si tiempo ha la gloria estaba reservada para los soldados que retornaban triunfantes, para los descubridores que iban más allá de la última frontera conocida, hogaño reciben ese deferente trato los millonarios deportistas que solamente ponen en juego su cotización: En efecto, son malos tiempos también para la épica.

Si el Deporte, con su máxima de "Mens sana in corpore sano", se hubiera difundido como parte del equipaje de un modo de vida más natural, es seguro que tendríamos una existencia más gratificante. No es así. Lo que ha pasado es que se ha sucumbido ante la irrupción de marcas, marketing, negocios y dinero, en definitiva. Para corromper algo es necesario el dinero. Poca gente, y con poca constancia, se lanza al romanticismo de desplegar hasta donde le sea posible el potencial que atesora su mente y su cuerpo. Sucede que el primero es preterido, y el segundo es un mostrador en el que se exhiben marcas comerciales asociadas a una escala de valores vacía de contenido y a una difusa concepción de la calidad y del éxito, bastante discutibles por otra parte, ya que son fabricadas en países con nula protección laboral y a costa del padecimiento de sus obreros: Todo por esa competitividad que convierte en mierda lo que toca para enriquecer a un puñado de personajes sin escrúpulos.

Antaño las sociedades se regeneraban y se superaban desde las calamidades que la Providencia les enviaba periódicamente. La salud del ser humano siempre ha resultado material frágil y sensible, pero en siglos pasados era complicado superar, siquiera la infancia, con vida. Ni aun sobrepasado ese periodo estaba asegurada la supervivencia, las guerras, partos difíciles, epidemias, cualquier suceso bastaba para salir de este Valle de Lágrimas. Siendo terrible, tenía aspectos positivos: La Vida, como concepto, era un bien que se disfrutaba en la medida de cada conciencia, y las sociedades no tenían tendencias autolíticas por aburrimiento, por exceso de seguridad o por simple ñoñez. Se valoraba lo que resultaba preciso para su mantenimiento, y lo accesorio se dejaba a un lado. En esto, desde luego, cualquier tiempo pretérito fue mejor. La muerte, como condena, se reservaba a los delincuentes más peligrosos, como manera de preservar la vida de los demás. De la sociedad en su conjunto, porque ese era el bien que había que proteger.



Este modesto editorial no pretende suplir, ni frivolizar, la profundidad de estudios que sobre este asunto se han vertido. Es una propuesta para la reflexión, una humilde llamada para que las cosas cambien. En el sentido que deben cambiar. Creemos que la acción de los estados (de esos papá-estado) sobreprotegiendo erróneamente a sus nacionales ha emasculado sus inquietudes, igual que sucede con los niños mimados, que cuando alcanzan la madurez son unos inútiles y unos inadaptados. Como se tiene derecho a tantas cosas, ya no hay que pelear por nada. Con ir engrosando la lista de los derechos (¿Deberes? No, gracias) es suficiente, sin embargo da la casualidad de que la Vida no garantiza ningún derecho. No tenemos nada asegurado, y los estados, con un punto de soberbia mal disimulado, se obstinan en una oferta de derechos que es un castillo de naipes. Las sociedades del siglo XXI son más vulnerables que las del pasado a un estornudo del Destino, y la ficción aceptada por todos que llamamos "realidad" es más susceptible de derrumbarse sin paliativos y sin dejar rastro. Exijan entonces derechos a las ruinas. 

Aparte de esa vulnerabilidad exterior, sufrimos una fragilidad interior palpable a todas luces. Cualquier persona que sea observadora y tenga el muy aconsejable hábito de pensar, (ese ejercicio que pretenden anular los diferentes medios de manipulación), se habrá percatado con preocupación del malestar que se respira en la sociedad. Falta de respeto persistente, sobre todo a los mayores y a los profesores (que han querido dejar de ser "maestros"), civismo nulo, vandalismo endémico, disciplina que brilla por su ausencia... No es baladí afirmar que la falta de amenazas consistentes en la vida de las personas les lleve a jugarse su existencia de la forma más gratuita, aberrante y ridícula posible, para luego subir el vídeo a Internet, a Youtube, por ejemplo, y hacer unas risas con amigos con los que es imposible hablar de cuestiones profundas porque es un rollo. Algo que nunca habrían hecho nuestros abuelos, cuya familiaridad con la muerte les vacunaba contra la tontería que parece haberse adueñado de nuestra sociedad.

Y lógica consecuencia de esa castración es la imposibilidad de concebir nada que sea una manifestación aceptable de la aspiración de Trascendencia que siempre ha acompañado al Hombre. Ahora sí que estamos ante un páramo intelectual y humanístico que se quiere compensar con una falsa preponderancia en lo técnico y en lo científico, que, en el fondo, es expresión de un analfabetismo funcional. De poco sirve estar comunicado con todo el mundo en cualquier momento si no hay nada digno para transmitir.

Ya saben lo que pasa con los castrados. No dejarán legado alguno y serán reemplazados y olvidados por otros que tengan claro que la Vida es más parecida a un combate que a una pasiva enumeración de derechos. Porque la Vida es un premio a la osadía, no una petición a ese papá-estado que ha engañado, para perpetuar los privilegios de sus dirigentes, a más de una generación con derechos ficticios.

Es preferible luchar por vivir que vivir para nada.